Por: Julio Carrizosa Umaña

La solución wayuu (I)

Persistimos en tratar a los conciudadanos de otras culturas como objetos que nos pertenecen —“nuestros indios”—, como débiles mentales o, simplemente, como atractivos turísticos.

Últimamente también, condescendientes, tratamos de aplicar, por fin, la Constitución del 91 y los vemos como precarios ejemplos protegidos del fracaso de las culturas perdedoras en el siglo XVI a quienes debemos algunas obligaciones; las que siempre otorgan, magnánimos, los vencedores.

En los últimos meses, los trágicos cambios acaecidos en el clima, en los imaginarios políticos y en el comercio internacional nos han obligado a descender de las montañas, cargados generosamente de medicinas y alimentos, y así, penosa y cuidadosamente, con suficientes guardaespaldas, hemos penetrado nuevamente en los desiertos en donde viven , obligados por nuestros antepasados, los wayuus.

Es allí, rodeados de niños moribundos y madres escuálidas, en donde hemos construido hace pocos días escenarios mediáticos para mostrarle al mundo que somos dignos descendientes de los beneméritos conquistadores y encomenderos, cristianos viejos, cargados de bondades, déspotas necesarios e ilustrados, capaces de solucionar cualquier drama, inclusive los que nosotros mismos generamos.

Ojalá en la construcción de esa solución no olvidemos que estamos en medio de un proceso de paz y que esa paz nunca la firmamos ni con los wayuus, ni con sus vecinos, los chimilas, que resistieron durante tres siglos. Menos con los zenúes, que casi exterminamos, tampoco con los emberas o con los koguis, que, digna y astutamente, se retiraron, sin cambiar ni sus vestimentas ni su pensamiento, a reflexionar en los sitios más recónditos, de donde casi los sacan y exterminan los guerreros blancos, mestizos y mulatos, enloquecidos durante los últimos sesenta años de desgracias.

Es en estos tiempos de tragedias mutuas, cuando nuestra cultura también está a punto de fracasar, que debemos enfrentar la necesidad de firmar la paz con los wayuus y así reconocer que ellos han demostrado, durante siglos de exclusión y de persecuciones, la posibilidad de sobrevivir, no encerrados en sus tradiciones, sino creando formas de vida. Probablemente en el vigor secular de su matriarcado, en el brillo extraordinario de sus estéticas, inclusive en las astucias comerciales que lograron traspasar fronteras durante siglos, encontraremos ideas y líneas de acción útiles para salir del berenjenal en que nos hemos metido.

 

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