Por: Julio Carrizosa Umaña

Las soluciones no están en Bogotá (I)

Solo los sabaneros podrían salvar la sabana. Solo el resto de los colombianos podrían oponerse a los sueños de quienes ganaron las elecciones en la capital y desean aumentar allí la concentración de poder, dinero y conocimiento.

Podría, como me lo piden lectores enojados, repetir las soluciones que los ambientalistas hemos estado divulgando durante los últimos cuarenta años, pero es evidente que en este momento de la República priman, por diferentes razones, los intereses de urbanizadores y constructores. A estas horas de mi vida lo que puedo hacer es tratar de profundizar en el debate para hacer ver otros argumentos que tal vez en el futuro puedan ayudar a tomar decisiones más racionales.

El primero de ellos se refiere a las características ecológicas del sitio en que ha sido construida la capital. A pesar de que científicos, como el desafortunadamente desaparecido doctor Thomas van der Hammen, pasaron la mayor parte de su vida investigando ese ecosistema único en el mundo, es evidente que esa información científica, por razones económicas, no es considerada válida en el mundo de los negocios y por eso muchas empresas y promotores tratan de acelerar los procesos de sellamiento de sus suelos, sin tener en cuenta su importancia ecológica y su posible uso en la producción de alimentos y divisas.

El segundo argumento está relacionado con ese potencial agropecuario de la mayoría de los suelos de la sabana. Debo reconocer que no son muchos los negocios agropecuarios que allí han tenido éxito. Sin embargo, los estudios detallados de suelos elaborados por el Instituto Agustín Codazzi insisten en que en la altiplanicie está gran parte de los mejores suelos de la República y los actividades exitosas, como la producción de leche, quesos, hortalizas y flores sostienen miles de familias, proporcionan alimentos y generan divisas que desaparecerán si la tendencia dominante, la urbanización, se acelera como lo proponen algunos políticos.

Los dos argumentos anteriores parecen desaparecer ante la letanía acerca de la imposibilidad de disminuir la velocidad del crecimiento de la capital. Es evidente que ese crecimiento acelerado es el producto de lo que ha pasado en el país: de la guerra, de la pobreza, de la exclusión, de la ignorancia, de la corrupción, del narcotráfico y pareciera que lo que se piensa en la Alcaldía es que es imposible acabar con todo eso. Tal vez una consideración más reposada y compleja de la situación pueda generar ideas más profundas.

 

 

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