Por: Marcos Peckel

Somalia mediterránea

En agosto de 2011 las potencias de la OTAN sacaban pecho tras haber derrocado al dictador libio Muamar Gadafi, quien moriría dos meses después linchado por una turba que lo halló oculto en una cañería.

La resolución 1973 del Consejo de Seguridad, que creaba una zona de exclusión aérea para “proteger civiles”, fue liberalmente interpretada por Occidente para intervenir en la guerra civil hasta provocar el cambio del régimen.

Pero como ocurre en estos casos, el remedio, si no peor que la enfermedad, dejó un resultado muy diferente al prometido entonces cuando los cazas de Francia, Reino Unido y Estados Unidos bombardeaban Libia para “construir un nuevo Estado incluyente y democrático”.

Ya entonces había serias dudas sobre los beneficiarios de la intervención de la OTAN: el Consejo Nacional de Transición, un grupo de personas que se autoproclamó representante del pueblo libio.

Tras dos años sin Gadafi, Libia es un caos, no hay Estado, su territorio es controlado por variopintas milicias, cada una dueña de un territorio, con su propia agenda ideológica, religiosa, tribal, criminal o regional, mientras que el gobierno central, elegido en unos muy dudosos comicios, tiene control solamente sobre algunas zonas de la capital. El sur del país se ha convertido en la base de operaciones para todo el Sahara de Al Qaeda en el Magreb Islámico, mientras que las armas libias sirven de gasolina en conflictos en Siria, Yemen, Sudán, Malí y otros países azotados por la violencia que cubre una región que hace dos años era cuna de una primavera que se ha convertido en un sombrío y prolongado invierno.

Decenas de milicias se han constituido en microestados, cobran impuestos, encarcelan, violan, matan y abusan. En Trípoli, milicianos secuestraron al primer ministro por unas horas, han ocupado ministerios y deambulan exhibiendo su arsenal por calles y avenidas.

Fuerzas separatistas en Cirenaica y Fezzan, regiones ricas en petróleo, exigen autonomía y amenazan con la secesión total del país. La producción petrolera de más de 3 millones de barriles diarios antaño, se ha reducido a menos de 100.000 en la actualidad, mientras que los poliductos son objeto permanente de atentados.

Las costas de Libia se han convertido en punto de partida de precarias embarcaciones atestadas de refugiados de Siria y países africanos hacia su muerte en las turbulentas aguas del Mediterráneo o hacia un futuro incierto en escuálidos campos de detención en una inhóspita Europa.

La nueva constitución libia no ha sido aprobada aún por el Congreso Nacional General, por desacuerdos entre las fuerzas políticas, y es poco probable que se logre un texto que satisfaga a todos los sectores de una sociedad fragmentada donde reina la intolerancia.

Hace rato se fueron los señores de la OTAN, dejando al país sumido en la anarquía, una Somalia en las costas del Mediterráneo, y a muchos de sus residente extrañando al coronel Gadafi.

 

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