Por: Cristina de la Torre

Sombras

LA ‘OPERACIÓN JAQUE’ CUBRIÓ CON un manto de gloria al presidente Uribe. Pero en este gobierno “de opinión”, meticulosamente enderezado a cautivar a la galería, el manto puede convertirse en sombra.

Sombra de olvido que la manifestación del 20 de julio ayudará a extender sobre los políticos uribistas sub júdice por colincharse con paramilitares; sobre delincuentes que fungen como funcionarios de Estado; sobre el cohecho que habilitó un segundo período presidencial, sobre el oscuro episodio de Tasmania.

Prontuario frente al cual el Presidente reacciona con agravios contra el poder Judicial. Y con un llamado a referendo que lo ratifique en el mando, aduciendo su predilección por las mayorías de avemaría y alpargatas. Acaso la  improcedencia del tal referendo le parezca un tecnicismo jurídico, salvable, pues se trata es de ambientar la reelección de 2010; de salir airoso de la acción de la justicia por el atajo de la “democracia popular”. Recurso archisabido de cuanto valentón tropical se erigió en caudillo. El editorialista de El Espectador teme que este peligroso juego que avasalla a los otros poderes públicos degenere en tiranía.

La sombra querrá ocultar también las iniquidades de un modelo que ha redistribuido la pobreza por lo bajo y considera el desempleo un mal necesario. El 64% de los compatriotas del presidente Uribe son pobres y más de la cuarta parte de los nuestros vive en la miseria. El crecimiento no favorece sino a los ricos.  Colombia se acerca al primer lugar de iniquidad económica en el mundo y sus niveles de desempleo son los más altos de América Latina. Cuatro millones de emigrados en el extranjero y otros tantos desplazados configuran un vergonzoso 19% de colombianos sin patria.

Nuestro editorialista invita a poner de nuevo en primer plano el problema del desarrollo, borrado, tiempo ha, de nuestra vida pública. En 1963, recuerda, el PIB de Colombia era 10 veces el de Corea; hoy el ingreso per cápita del país asiático es 10 veces el de Colombia.

Aleccionadora la experiencia del Sudeste Asiático. Economías agrarias hace medio siglo saltaron a un modelo industrial exportador que las situará a poco andar en primerísimo lugar del concierto del mundo. Modelo coetáneo del de la Cepal en América Latina, el Sudeste Asiático perseveró en invertir en industria; en negociación de tecnología extranjera; en preparación de la mano de obra para el desarrollo, en planeación de largo plazo para lograr un crecimiento capaz de elevar el nivel general de vida.

Corea monta un Estado empresario que, además, controla la banca y apoya a grandes conglomerados domésticos, mientras eleven la productividad, las exportaciones y el empleo. Son los del  Sudeste Asiático Estados fuertes, pero sin sofocar la empresa privada ni la libre competencia. Hacia 1979, ya economías solventes y capaces de competir, empiezan a desmontar la protección, a abrirse al libre comercio. No antes, como es norma absurda en Colombia desde 1990.

Nuestros profetas del laissez-faire se reirán del Sudeste Asiático. El Gobierno no tocará los mercados, ni creará empleo productivo. Multiplicará su asistencialismo queriendo presentar como inversión social lo que no es sino inversión electoral del Príncipe en el gobierno a perpetuidad de su graciosa majestad. Caridad televisada que, al lado de sus golpes a las Farc, mantendrá todavía adormecidas las tensiones sociales de un sistema que ahonda las desigualdades y mina la democracia.

Colombia no ha sido una democracia madura. Pero hoy se nos invita a desandar, aún más, el camino, hacia un populismo rupestre. La liberación de secuestrados, gloria de una victoria memorable lograda en la guerra, queda al servicio de un hombre que marcha sin vacilar  hacia un autoritarismo declarado.

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