Por: Catalina Ruiz-Navarro

Sombras en la plantación

La semana pasada, la periodista afrocolombiana ciudadana en Estados Unidos Ilia Calderón se enfrentó a entrevistar a uno de esos supremacistas blancos paradigmáticos que cada vez se hacen más visibles en el siempre racista Estados Unidos. La entrevista en sí no nos dice nada nuevo, él la llama “zorra mestiza” y amenaza con quemarla en la hoguera, ella soporta los insultos con dignidad. Lo importante no es la entrevista en sí, sino la evidencia de que sí existen personas que piensan así, que se atreven a defender su racismo sin pena y en la cara de quien sea.

El movimiento supremacista sigue vivo y creciendo en parte porque durante años pasó desapercibido como una simple idiotez. ¿Recuerdan cuando nos burlábamos del exabrupto lógico de nuestros “morenazis”? Pues la broma éramos nosotros, “los intelectuales”, que nos comimos el cuento de que si algo es ilógico, es casi como si no existiera. Pero el odio que se ve en Estados Unidos cuando contingentes de blancos salen a la calle con antorchas es muy real, como la amenaza que hace a Calderón su entrevistado; quizás él no pueda directamente quemarla en una hoguera, pero la discriminación, sutil y abierta, existe para que esas medidas extremas no sean necesarias.

En Colombia tenemos la fantasía de que no somos racistas porque “somos muy mezclados”. Ya, pero, ¿cuántas personas de color de piel negra hay hoy en nuestro Congreso? ¿Cuántos presidentes o presidentas negras hemos tenido? ¿Cuántas personas negras en Colombia tienen acceso a los verdaderos puestos de poder? Y bueno, ni qué decir que en este país sigue siendo un insulto decir “negro hijueputa”.

En la nota de la revista Semana un lector recomienda a Ilia Calderón: “Hay que ser muy idiota para correr semejante riesgo y hacer semejante estupidez de entrevista. Mal, muy mal, Ilia”. Esa ha sido precisamente nuestra actitud frente a nuestro racismo, no cuestionarlo, sino, más bien, pasarle de ladito, para que no se muevan los avisperos. Entonces nos quedamos contentos al hablar de “nuestros” negros, que por supuesto destacan en la música y el deporte (para destacar en ciencias e ingenierías se necesitan infraestructura, universidades, plata) y para mayor insulto les celebramos su “sabor”. Es este el mismo país que hizo una telenovela sobre la grandiosa cantaora La Niña Emilia, pero eligió para representarla a una muy buena cantante, pero mestiza, a la que tocó embetunarle la piel por la “pereza” de buscar a una cantadora negra del Caribe colombiano a quien esa oportunidad le habría cambiado la vida.

A puertas del Petronio Álvarez, uno de los festivales de música más importantes del continente —qué Coachella ni qué nada—, Gloria Emilse Martinez Perea, más conocida como Goyo, la talentosa líder vocal de ChocQuibTown, publica en su instagram un mensaje racista contra el Petronio que le llegó por redes: “jolgorio multiétnico racial sobrevalorado”, “intenté sacudir mis caderas desquiciadas como de esas que tienen esa cuca caliente”. Nada muy lejos del epíteto que a finales del siglo XIX usaba el ilustre José María Samper para hablar del currulao, un “baile de lubricidad cínica”. Goyo comenta certera que un mensaje como ese incita al odio y que mucha gente le escribe diciendo que “no hay que darle importancia”, pero que ella “le da importancia a lo importante, y esto lo es”.

A los colombianos y colombianas no nos gusta acordarnos de que este fue un país esclavista, ni que nuestra economía actual sigue explotando —pero legalmente— a quienes antes esclavizábamos. Hemos aprendido a maquillar nuestro racismo, pero seguimos regidos por una estricta pigmentocracia (que es el código de entrada para los bouncers de los bares y los porteros de los clubes). Creemos que es suficiente con mostrar apoyo y admiración superficial frente a los afrocolombianos, pero el racismo está en que se nos olvida lo más importante: garantizarles sus derechos.

Aclaración del Editor: Esta columna fue modificada porque en la primera versión decía erróneamente que el nombre de la artista Goyo era Vera Renjifo Ciocca. En una segunda versión, al corregir el nombre, una porción del nombre erróneo quedó insertado dentro del texto más adelante lo que alguien pudo haber interpretado como si la columnista estuviera acusando a Renjifo Ciocca de ser autora de un mensaje racista. Aclaramos que fue un error y que la señora Vera Renjifo Ciocca no tiene nada que ver en el asunto que relata esta columna de opinión.

 

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