Por: Santiago Montenegro

Somos creyentes

Para entender el avance de  las iglesias evangélicas, incluyendo su participación en política, me parece útil comenzar por lo más básico y aceptar que, por naturaleza, los humanos somos creyentes. Esas iglesias están llenando un espacio que, con Cristo y una miríada de santos y vírgenes, la iglesia de Roma copó durante 500 años, desplazando a otros dioses, como Huitzilopochtli, el dios supremo de Tenochtitlán; a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, o a Tonantzin, la madre de todos los dioses, que los conquistadores españoles transformaron en la Virgen de Guadalupe. O, entre nosotros, Bachué, la madre primigenia de los muiscas, o Bochica, quien enseñó a los chibchas a hilar y tejer, les dio principios morales y creó el Salto del Tequendama.

Pero, muchos milenios atrás, antes de que la domesticación de la agricultura y la división del trabajo dieran tránsito al Estado y a las religiones, los cazadores-recolectores creían que seres sobrenaturales, dioses sin nombre, dotados de razón, voluntad y conciencia, habitaban y gobernaban todo, hasta las cosas inanimadas como los ríos, los bosques, las rocas o las montañas. Aún hoy en día, en muchas partes del mundo, cientos de comunidades y millones de personas creen que el espíritu de los muertos convive entre nosotros, o que las cosas inanimadas tienen alma, sienten y tienen conciencia propia.

Como pocos, Ortega y Gasset entendió que los seres humanos, por constitución, somos fundamentalmente creyentes. En su ensayo Ideas y creencias argumenta que, mientras las ideas son objetivas, hacen parte del acervo del conocimiento de la humanidad, como las teorías científicas, las constituciones y las leyes, las creencias son parte constitutiva de nosotros, como las piernas para caminar o los ojos para ver. Podemos vivir sin saber y entender la teoría general de la relatividad o el código penal, pero no podemos vivir sin una infinidad de creencias, como que el piso sobre el que caminamos es firme, o que al salir de la casa hay una calle o que si el semáforo está en verde los otros conductores pararán cuando el suyo esté en rojo, o que en casa me esperan mi esposa y mis hijos. En forma semejante, es muy difícil, si no imposible, vivir sin la creencia de un futuro mejor, sin la esperanza de que mi amor será correspondido o que voy a vivir muchos años.

Por eso, Ortega afirma que, mientras tenemos las ideas, los humanos estamos en las creencias. En tanto las ideas se tienen y se sostienen, las creencias nos tienen y nos sostienen. Así, podemos entender por qué la gente cree en un Dios benevolente; o por qué los conductores acuden a la protección de la Virgen del Carmen; o por qué otros han reemplazado los santos cristianos por santos laicos como el Hermano Gregorio, mientras miles más han puesto su fe en dioses y religiones diferentes como el partido, la revolución, el dinero o la fama.

Por supuesto, las iglesias evangélicas deben acogerse a la Constitución y al ordenamiento legal, pero antes de protestar por su enorme expansión, tenemos que estudiar las razones por las cuales han penetrado la matriz de creencias de millones de personas. En alguna forma, tienen que estar dando a la gente resultados y un sentido de comunidad, dignidad y pertenencia que otras entidades han dejado de proveer. Como diría el mismo Ortega, ese es el tema de nuestro tiempo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

Una miserable campaña

El gran desafío

Una revolución ciudadana

¡Libertad para Nicaragua!

Un gran colombiano