Por: Luis Guillermo Ordóñez
Golpe de cabeza

Soñar, pero con los pies sobre la tierra

En Colombia nos la pasamos criticando el nivel de nuestro fútbol. Semana a semana hablamos de crisis económicas, incapacidad dirigencial, falta de infraestructura de los clubes, malas condiciones laborales, escasa planificación, incumplimientos a los jugadores y canchas en mal estado. Pero eso sí, ahora le pedimos a la selección que sea campeona del mundo. Y está bien tener ambiciones y soñar, pero hay que ser coherentes.

Los llamados a pelear el título en Rusia son otros que por historia, jerarquía y presente tienen la obligación de ser protagonistas, como Alemania, Brasil, España, Argentina e incluso Francia e Inglaterra, esos países que ya han demostrado que pueden ganar a tan alto nivel.

Eso, sin embargo, no quiere decir que la tricolor vaya a pasear. Tiene cómo superar al menos la primera ronda. No hacerlo sería una decepción para un plantel con capacidad de enfrentar de tú a tú a cualquier equipo. Tenemos jugadores de talla mundial, así la estructura de nuestro fútbol todavía no lo sea.

El sorteo nos favoreció y en la fase de grupos enfrentaremos a tres rivales accesibles. Japón, el más flojo, hace un mes cambió de entrenador. Polonia es exigente, con una buena defensa, pero demasiado dependiente en ataque de Robert Lewandowski. Y Senegal, ese sí mucho más complicado y con calidad individual de sobra.

En caso de clasificar a octavos, Colombia se enfrentaría a Bélgica o Inglaterra, que son los favoritos en el grupo G, pero también tienen que hacer primero su tarea.

Ahí sí cualquier cosa puede pasar, porque son selecciones tan impredecibles como la nuestra. Si sus jugadores amanecen inspirados, le ganan a cualquiera; si tienen una mala tarde, pueden salir goleados. Eso, precisamente, es lo que no les ha permitido brillar en los recientes torneos en los que han participado.

Superar la actuación de Brasil 2014, donde Colombia quedó quinta, será una misión muy complicada. Posible, en cambio, será que todo el país disfrute y se goce el Mundial como hace cuatro años, cuando la selección nos contagió de la fiebre amarilla. Para eso sirve el deporte en una nación polarizada y politizada: para que olvidemos por un mes la realidad que enfrentamos y nos dediquemos a soñar, pero con los pies sobre la tierra.

 

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