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hace 1 hora
Por: Piedad Bonnett

Sonriendo para la foto

Si usted estuviera en un país extraño, solo, sin conocimiento del idioma, y lo atacara un fuerte vómito en la carretera mientras se desplaza en un bus, ¿se angustiaría? Muy probablemente sí.

Pero si además usted viene de ilegal desde la remota Somalia buscando llegar a EE.UU., ha hecho un viaje que ya lleva siete meses de penurias, y lo llevan por la fuerza a un centro médico suponiendo que tiene ébola, la cosa no puede ser peor. Fue lo que le pasó al africano que terminó hace unos días en el hospital San Jorge de Pereira, cuyo personal primero entró en pánico y paralizó la institución durante dos horas y luego, cuando confirmó que el hombre sólo tenía un mal pasajero, lo entregó a las autoridades colombianas. Lo increíble es que en Somalia no existe el virus, cosa que el pobre no pudo explicar. Y digo pobre porque en Somalia el ébola es la única peste que falta. Considerada como un “Estado fallido” por los medios de comunicación, esta nación lleva años de inestabilidad política y sufre desde julio de 2011 de una de las peores hambrunas de su historia, que amenaza con matar a más de 3’000.000 de somalíes.

Pues bien: el infeliz hombre de esta historia es un inmigrante que sueña con llegar a un lugar donde pueda tener una vida digna y oportunidades de trabajo, que muy seguramente invirtió todo su dinero y todas sus fuerzas en esta aventura, que me temo acabó ya, de la peor manera. Pregunto: ¿no tiene cualquiera derecho de escapar de su caótica patria buscando la supervivencia? ¿En qué momento se convirtió el planeta en un lugar lleno de talanqueras, aduanas, pasaportes? Seguramente habrá sesudísimas respuestas de economistas y demás sobre la necesidad de blindar las fronteras. Pero lo cierto es que eso hace de este mundo algo mucho más injusto de lo que ya es, sin que el sufrimiento de los migrantes le importe a casi nadie.

El naufragio de miles de africanos tratando de escapar de la miseria y la violencia de sus países es cada tanto una noticia más. La semana pasada murieron 203 personas procedentes de Malí y Senegal después de que sus lanchas naufragaran debido a una tormenta. Entre ellos viajaba un niño de 12 años, solo. Veintinueve ya habían muerto antes de hipotermia. Nueve sobrevivieron, milagrosamente, aferrados a unos precarios neumáticos. ¿Podemos, por un instante, imaginar la angustia de estos cientos de hombres que sienten que en un segundo se los engulle el mar y que nunca alcanzarán su sueño? Cada tanto, sin embargo, lo logran: la fotografía de Massimo Sestini, que ganó uno de los premios del World Press Photo 20015, lo muestra con una belleza que pareciera ignorar el drama: una multitud de hombres, ataviados de chaquetas multicolores, mira hacia arriba desde su embarcación, sonriendo. Ya no tienen que temer, es un rescate, están en la tierra prometida. Esta es la apacible Europa, la que alguna vez explotó hasta donde pudo sus colonias, la que hoy teme la violencia de los extremistas, la que se debate entre el pensamiento liberal y la extrema derecha de Pegida o Marine Le Pen. Lo que sigue será duro para los inmigrantes —barrios marginales, penuria, nostalgia y rechazo—, pero en Europa al menos hay qué comer. Aunque sean sobras.

 

 

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