Por: María Elvira Bonilla

Sordo, ciego y mudo

Desde junio de 2009, a la altura del segundo año de gobierno de Samuel Moreno, los síntomas de la enfermedad que terminaría por carcomer a Bogotá, a la Alcaldía y a su futuro personal, eran ya inocultables.

Las encuestas mostraban la insatisfacción ciudadana, tres de cada cuatro bogotanos reprobaban su gestión. Cinco concejales de diferentes partidos —Ángela Benedetti, Antonio Sanguino, Carlos Fernando Galán, Javier Lestra y Carlos Vicente De Roux— le dirigieron al alcalde una dura carta pública en la que le cantaban la tabla sobre el desgobierno y la ausencia de liderazgo de su administración. Señalaban “el retraso del 65% en el cumplimiento de lo propuesto” y denunciaban que la relación con el Concejo “ha girado alrededor de repartición de cuotas a quienes más presionen”. Fueron los primeros en advertir “la presencia de una suerte de cartel que todo lo controla y todo lo decide”. Bogotá tenía por delante la realización de una cuantiosa inversión: 11,1 billones en cabeza del IDU, 1,8 billones del Acueducto, 2,5 billones en la unidad especial de servicios públicos para manejo de basuras, con un esquema de contratación que se sabía contaminado. Concluían, “el veneno viene de atrás, de la manera como se construyen los términos de referencia”, como finalmente ha quedado demostrado.

El alcalde Moreno no reaccionó. Por cinismo o por pasividad o incompetencia. Su imagen era la de un autista que sonreía complaciente y que empezó a evadir escenarios públicos. Los sábados los aprovechaba para visitar localidades donde buscaba recuperar el aliento a través del contacto con “el pueblo”, como dicen los anapistas que, finalmente, son su familia política. A finales de ese mismo año recibió el que sería el puntillazo final cuando se destapó la debacle de la calle 26 y aparecieron los Nule en escena. La cesión del contrato fue presentada como un logro. Samuel, con su hermano Iván manejando las fichas claves de la contratación, seguía en su descenso hacia el infierno, aparentemente sin percatarse de que empezaba un camino sin regreso.

Hace un año, en octubre, Gustavo Petro y Carlos Vicente De Roux tuvieron el valor civil de denunciar públicamente al alcalde de su mismo partido. En un extenso documento alertaron sobre la existencia de un cartel de la corrupción en Bogotá, como las pruebas judiciales lo han corroborado. El documento quedó en poder del comité de ética del Polo, que lo engavetó. Los mismos que la semana pasada, cuando a Samuel Moreno ya se le había venido la estantería encima, lo expulsaron. Pero en octubre aplicaron la fórmula del tapen, tapen, que aquí no ha pasado nada. Las directivas del Polo aislaron a los denunciantes, y quien había sido su candidato presidencial sólo unos meses atrás optó por el retiro del partido.

Samuel Moreno tuvo entonces la oportunidad de reaccionar, de corregir el rumbo, de actuar. Pero no. Permaneció ciego, sordo y mudo. La lección, un año después, es contundente: el alcalde con su abultada votación está en la cárcel y Gustavo Petro, con su nuevo partido Progresistas, lidera las encuestas de favorabilidad para la Alcaldía de Bogotá. Triste fin el de los nietos del general que una vez pensaron que llegarían a la Presidencia de la República, de la mano de su madre, la otrora “capitana del pueblo”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Bonilla

Una reflexión, un adiós

La cruzada contra el mal

Lobos solitarios

La ciudad del encuentro

El derrumbe de la dirigencia