Por: Andrés Hoyos

Sordos

COLOMBIA, MÁS QUE NINGÚN OTRO país hispanohablante, es territorio de "gramáticos", o sea de censores obsesivos de la forma de hablar de los demás.

En otras partes abundan los críticos, quienes pese a la animadversión que despiertan en ciertos autores quisquillosos, cumplen la función útil de valorar y juzgar la belleza y la validez de lo que alguien dice o escribe, incluyendo la forma en que lo expresa. Pero aquí tenemos en cambio a esa horda sorda de correctores de pruebas, de fanáticos de las reglas.

Una pregunta se cae de su peso: ¿y quién dicta esas reglas inviolables? Pues en materia de español las dicta una asociación de jubilados que lleva el pomposo título de Real Academia Española de la Lengua o RAE, asistida por una larga ristra de academias nacionales, donde también abundan los jubilados, entre tal cual escritor de mérito (tengo un par de amigos en la colombiana, así que me cuido).

Las reglas inflexibles presuponen la existencia de una edad de oro en la que el  idioma fue mejor. ¿Y cuándo fue ese cuando? ¿A fines del siglo XVI y comienzos del XVII, durante el así llamado Siglo de Oro español? Imposible: a despecho de la pléyade de poetas y escritores de la época, en ese entonces apenas existía por ahí la mitad de las cosas que en la actualidad conocemos, y una gran cantidad de comportamientos hoy aceptados conducían a la hoguera. ¿En 1726, año en el que se publicó el primer tomo de la primera edición del magnífico Diccionario de autoridades? Imposible: España y su monarquía ya llevaban cien años de decadencia. ¿Durante el oscurísimo siglo XIX español, cuando se consolidó la RAE, pese a no contar en sus filas sino con un par de escritores de mérito perdurable? ¡Por favor! En fin, ningún lingüista serio acepta hoy la existencia de una fecha del pasado que sirva de referencia para decidir cuál es el idioma correcto y vivo. La única fecha aplicable es la obvia: el presente, ahora, ahoritica. No quiere decir esto que cualquier invento verbal se integre de inmediato al inventario; quiere decir que el uso —culto, popular, marginal, juvenil— es la base de la norma, palabra que significa algo así como: regla variable, fechada y provisional. Si un giro, una frase o una palabra sobreviven en el torrente del idioma hablado, y con más veras, del escrito, a los pocos años harán parte del idioma, los metan o no en el diccionario académico.

A los sordos regláticos les fastidia la libertad de los demás. ¿Dice usted que eventualmente va a ir a una fiesta, queriendo significar que no sabe la hora a la que llegará pero que de todos modos va? Salta el sordo y lo censura: ¡Ignorante, “eventualmente” es un anglicismo prohibido; diga “finalmente”! Pues no, señor censor, ese adverbio es corriente en español desde 1960, lo que significa que pasó la prueba hace marras. Empieza el poeta su canción: “ojalá que te vaya bonito...”. Salta el sordo y dice: ¡anatema, un adjetivo no se puede usar como adverbio! Es: “ojalá que te vaya bien”. El poeta se muere de la erre allá en su tumba.

Borges lo formuló con su elegancia característica: “toda palabra alguna vez fue un neologismo”. Por eso, los de ayer que se siguieron usando luego ya forman parte del idioma: “banal”, “brasier”, “cafetería”, “concientizar”, “enfatizar”, “entrenamiento”, “enervar” (por irritar), “fan”, “hall”, “jeep”, “jean”, “sándwich”, “whisky” y no pare de contar. Los sordos exigen lo contrario. No me parece grave si se mueren de la rabia.

[email protected], @andrewholes

 

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