Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Sorpresas te da la vida

NO CREO QUE SEA MUY SENSATO NEgar que este gobierno ha comenzado bien, y además a buen ritmo.

Como señaló Gustavo Gallón, algunas de las cosas que dice son más o menos obvias: la diplomacia no se hace a través de insultos entre presidentes, hay que atender a la justicia social. Pero después de ocho años en los cuales emitir un enunciado de estos generaba inmediatas sospechas de complicidad con el terrorismo, recordarle desde arriba al país lo obvio es un importante paso adelante.

Como lo es también tener un equipo de personas competentes en el gabinete, no expertos en arrodillarse ante el gran líder, sino en sus respectivos temas. De ellos, destacan hasta el momento dos. La primera es María Ángela Holguín, gestora, junto con Santos, del deshielo de la relación con Venezuela. Una vez más, no parece tan sorprendente recordar que ésta “es demasiado importante como para no hacer esfuerzos” —estoy citando a la Canciller—, pero resulta que en el pasado inmediato esta elemental observación quedó sepultada bajo los fuegos artificiales de un pequeño combo de palurdos ideólogos antiterroristas, que en su trayectoria autodidacta aún no han descubierto que la geografía existe. A través de medios razonables, se podría llegar a cobrar la importante deuda que tiene Venezuela con Colombia, restablecer relaciones comerciales, también ir bloqueando la posibilidad de que la guerrilla utilice al territorio del vecino como santuario.

El otro ministro que lo ha hecho notablemente bien es Germán Vargas. Retiró el horroroso proyecto de pasar la Fiscalía al Ejecutivo, inició un proceso de concertación de reforma a la justicia con varios elementos positivos —que incluyen convertir al Consejo Superior de la Judicatura en una gerencia, algo que estamos en mora de hacer—, e hizo una declaración enérgica en el sentido de que los ataques del Ejecutivo al judicial se acabarían. Prometió un estatuto de la oposición, y comenzó a reunirse con los partidos. El anunciado proyecto para desmontar la nefasta Comisión Nacional de Televisión es un notable paso adelante (y aquí ya no estamos en el terreno de lo obvio positivo). También lo es la propuesta de hacer una revisión a fondo de la Comisión Nacional de Regalías. El Gobierno ha recibido por esto algunas críticas más bien flojas, del tipo palo porque bogas y palo porque no bogas; se le acusa de querer recentralizar. ¿Entonces cuál es la idea? ¿Seguir dejándolas en las manos de los poderes locales de Arauca y Casanare? ¿Adivinará el lector quiénes encarnan esos poderes? En este terreno absolutamente crucial para el país, lo que habría que criticar es que la perspectiva gubernamental se queda a mitad de camino, que traza la dirección correcta pero que no avanza lo suficiente.

Temas como regalías y tierras —en el cual aún hay sólo anuncios— son estratégicos, pueden incidir por décadas en nuestra trayectoria. ¿Podrá el Gobierno mover la aguja? Si lo logra, estaremos frente al proverbial salto cualitativo. Nótese, empero, que unidad nacional y reformismo no son tan compatibles. La lógica del primero es no crearse enemigos, no desestabilizar, “vigilar hasta el latido del propio corazón” (cito a Alberto Lleras). La lógica del segundo es gastarse el capital de la popularidad en la promoción de cambios. Por el momento, baste consignar que hay un nuevo aire.

 

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