Por: Saúl Franco

SOS por la juventud rural

Entre las múltiples inequidades urbano-rurales, casi todas en contra del campo y su población, es urgente llamar la atención sobre las relacionadas con los/las jóvenes campesinos/as.  Uno de los grupos de población al que debería dedicarse mayor atención y brindársele mayores oportunidades dadas su situación y su significado, enfrenta carencias, desventajas e inequidades incompatibles con la dignidad humana.

Los/las jóvenes del campo en Colombia —y en casi todos los países de América Latina y el Caribe, ALC— tienen peores condiciones de vida y salud, mayores niveles de desempleo y pobreza, menores niveles educativos y salariales, mayores tasas de deserción escolar y laboral, y menos oportunidades que sus pares urbanos.  

Es bien sabido que mientras el 30% de la población total de ALC vivía en la pobreza y el 12 % en la miseria en 2010, a nivel rural tales porcentajes ascendían al 53 % y al 30%, respectivamente (FAO, 2013).  En Colombia el 64 % de su población rural estaba en la pobreza y el 29%, en la indigencia en 2010. Para 2014 la indigencia rural había descendido en el país al 19%. Aun así, era un poco más del triple de la urbana, que era del 6%.

Pero es menos sabido que la pobreza de la juventud rural colombiana es hoy 1,6 veces mayor que la de la juventud urbana, y con tendencia a incrementarse en lugar de disminuir. Que mientras entre los jóvenes urbanos sólo el 1 % no sabe leer ni escribir, entre la juventud rural tal porcentaje asciende a 3. Y que, aunque tanto en el campo como en la ciudad todavía hay un 7 % de jóvenes por fuera del sistema de salud y seguridad social, la pobreza del campo hace que casi el 80 % de sus jóvenes sólo pueda acceder al régimen subsidiado (para pobres), mientras dicho porcentaje se reduce al 40 % en los jóvenes del área urbana. En contraste, es muy sugestivo que, mientras sólo el 1,5% de los jóvenes del campo padece trastornos mentales, el 3,4% de los de la ciudad presenta tales alteraciones.  

El reciente estudio realizado por un grupo de la Universidad Nacional de Colombia sobre la composición de los/las integrantes de las Farc, una organización guerrillera integrada predominantemente —66 %— por jóvenes campesinos, hace una especie de radiografía de los integrantes de esa organización y confirma parte de la información anterior sobre la situación de la juventud rural.

Dice el estudio que, al momento de su reintegración a la vida civil, la edad promedio de los miembros de las Farc es de 35 años para los hombres y 30 para las mujeres. Que las tres cuartas partes son hombres y la cuarta parte son mujeres. Que el 90 % de los excombatientes sabe leer y escribir, el 57 % tiene algún nivel de educación básica primaria, el 21 %, nivel secundario y sólo el 3 % logró tener educación superior. Que la tercera parte tiene algún nivel de discapacidad y que la mayoría preferiría dedicarse en el futuro a labores relacionadas con el campo.

Otra parte importante de los/las jóvenes del campo ha sido víctima de los distintos actores del largo conflicto armado interno colombiano, con sus saldos rojos de orfandad, viudez, violencia sexual, desintegración familiar, reclutamiento y/o desplazamiento forzados, inseguridad existencial y alteraciones sico-emocionales.

Lo peor de todas estas cifras y situaciones es su traducción en descontento, insatisfacción, sufrimiento y desesperanza para la juventud rural, con consecuencias impredecibles. Y la constatación de que ni la tendencia es hacia la mejoría, ni se están tomando las decisiones y emprendiendo los cambios requeridos. Tanto por una razón de elemental equidad, como por el propósito de construir sociedades en paz, es preciso tomar en serio los problemas de la juventud rural, tratar de entender sus causas y modificar positivamente las actuales condiciones de vida y salud en el campo que, sin duda, nos afectan a todos.

* Médico social.

 

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