SOS por la política

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A la política, a la forma de entenderla y hacerla, la han enterrado mil veces y otras tantas ha resucitado rozagante y combativa, por la sencilla razón de que nos es esencial, en tanto somos animales sociales pero con un claro sentido de la individualidad. Lleva un cuarto de siglo dando tumbos, y no solo en Colombia, donde su desprestigio, pérdida de legitimidad y de credibilidad no paran de aumentar. Y en momentos en que las personas y las sociedades enfrentan un mar de incertidumbre, de violencia no solo física y de confusión, cuando los caminos conocidos, por no decir trillados, se han borrado y enmudecido las voces que antes orientaban.

La pandemia ha desnudado falencias acumuladas como personas y como sociedad, de las cuales no éramos conscientes o simplemente no queríamos ver. Se destaca la política, de la cual se hizo patente su enorme desgaste cuando más se le necesita. Ese vacío de política, esa trivialización de la democracia y del ordenamiento político liberal, con el cual esta se ha identificado hasta casi confundirse, exacerba la necesidad ciudadana de encontrar apoyo, comprensión y protección.

Esta es la ocasión para que empiece a escucharse la voz de quienes, de ahora o de antes, la levantan para convocar a la gente a seguir al nuevo jefe, que les mostrará el camino a la tierra prometida y en su condición de padre y mesías va a liberarlos del mal que los amenaza. Se genera una polarización que, en vez de disminuir, aumenta con el paso del tiempo, alimentada por los mesianismos, independientemente de su orientación política o ideológica. Polarización que se ha constituido en la sepulturera de la vieja política y de sus organizaciones. Se consolidó la personalización de la política en cabeza de los caudillos mesiánicos, autoritarios por lo iluminados y sustentados en unos egos que no admiten sino su verdad, constituida en la antípoda de una propuesta seria, razonada, con un proyecto para el engrandecimiento de la nación y no al servicio de la persona del líder.

Esto fue posible porque la palabra de los políticos que ofrecen pero no cumplen, junto con la de los partidos sin excepción y de los voceros del Estado, suena más falsa que un billete de tres pesos; se volvió sencillamente increíble. Partidos y políticos son percibidos no como servidores del interés nacional y del compromiso adquirido con sus electores, sino de sus propios intereses y los de sus incondicionales, por no tacharlos de áulicos. Gobernantes y partidos desconectados del país real. Caudillismo y autoritarismo son las dos caras de la misma moneda e inclusive pueden ser eficientes para atender necesidades populares, una eficiencia que suele dejar de lado los intereses que están en juego.

En Colombia no hay aún movidas de política para la pospandemia y escasamente se habla del tema, el más importante para esa nueva etapa. La gente está en otro cuento y poco o nada espera del mundo de la política, pero sin una nueva concepción y manera de hacerla va a ser difícil salir y trascender la situación presente. Urge una política orientada al interés general, más directa en su interacción y compromiso con la gente, con sus electores; con menos discursos y promesas y más acuerdos definidos que resuelvan situaciones concretas. Dinamizada por un diálogo directo y preciso, que sustituya discursos floridos (“bonitos”) en los que ni el orador cree, reforzado con los compromisos y la ejecución de proyectos que respondan a los intereses y posibilidades igualmente concretos de las comunidades, locales y regionales.

El actual silencio político en tiempos como los actuales despierta interrogantes y temores, porque no es el momento para las banalidades y la evasión de los desafíos. Si esto no se da, tendremos como única herencia del coronavirus pobreza desbordada y frustración por no aprovechar una oportunidad única para corregir el rumbo. Aún no es tarde, pero no hay señales de cambio, el tiempo y la crisis avanzan incontenibles.

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