Por: Santiago Gamboa

Sospechosos

Entiendo que es duro ver alguien a quien uno considera un delincuente sentado en el Congreso de la República. Yo llevo años sintiendo lo mismo. Pero para la democracia hay que ser adultos, o parecerlo; esta nos exige dejar cierta teatralidad y salir a la alta mar de la vida. La Comisión Séptima de la Cámara levanta su sesión y el presidente se va. “No puedo aceptar la presencia de Santrich”. Los partidos de derecha, dirigidos por el Centro Democrático, el Partido Conservador y los grupos ligados a las iglesias evangélicas, se tapan la nariz. La Alianza Verde saca unos letreritos que dicen “Sí a la paz, no a Santrich”.

Acabo de volver de un largo viaje, así que me pregunto: ¿pero Santrich ya fue condenado? Se diría que sí. Todos parecen saber algo que yo no sé, me digo. Es posible, pero ¿qué es lo que saben? Entro a internet y busco, pero no encuentro nada. Santrich no ha sido condenado. Podría ser culpable de lo que se le imputa, hay graves sospechas, pero aún no hay una condena. ¿Y cómo se le debe decir a alguien que es sospechoso pero que no ha sido condenado? Pues supongo que eso, sospechoso; es lo normal en un país lleno de sospechosos. Lo nuevo es que este es de las Farc, porque si miramos al otro extremo de nuestra polarización, en el paramilitarismo nacional, resulta que ha habido y hay decenas de sospechosos que llevan años sentados en sus curules sin que nadie diga nada. Tanto que cuando sus jefes fueron al Senado hubo aplausos y fueron muy bien atendidos.

El ejemplo salta a la vista: lo que hemos visto y oído de Uribe desde sus inicios en la Aeronáutica Civil lo convierte en el sospechoso número uno de Colombia. El Gran Sospechoso. Tiene procesos en la Corte Suprema y en otras instancias, en las que se lo investiga por paramilitarismo, crimen y relaciones con el narcotráfico, procesos que los aportantes al fisco nacional, nosotros los ciudadanos, vemos dilatar y dilatar gracias a los costosos abogados que el senador paga. Y nadie se despeina porque él esté en el Senado. Se me dirá que Uribe fue elegido por voto directo y Santrich no, lo que es cierto, pero el resultado es el mismo: ambos tienen derecho a una curul de acuerdo a la legalidad y ambos son “sospechosos de”. Supongo que lo de Santrich se resolverá más rápido, vista la estrategia dilatoria de Uribe. Pero mientras no haya condenas, ese será el lugar de ambos.

Ahora bien, como la democracia adulta consiste también en aceptar a los representantes de fuerzas sociales que no nos gustan, creo que, con estos dos personajes en el Congreso, el país está completo. Y a pesar de que se parecen mucho —ambos son retadores, ambos son arrogantes y cancheros—, no creo que sean iguales. En mi lectura del país, la presencia de uno es el resultado de un proceso de paz, es decir, de una construcción positiva, mientras que el otro representa el inmovilismo y la derrota de una sociedad que no quiere modernizarse, que escupe para arriba e insiste, tras colar la pasta, en tomarse el agua y tirar por el sifón los espaguetis. Pero así somos, partidos en dos mitades. Ignorantes, violentos, asombrosos. Por eso, que Uribe y Santrich estén en el Congreso —hasta que la Corte lo decida— lo que demuestra es que somos un país plenamente democrático.

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2019-06-15T00:00:50-05:00

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