Por: Reinaldo Spitaletta

Soy la próstata de Juan

Soy, o mejor dicho era, la próstata de Juan y hablo desde el otro mundo, que no es el mejor de los mundos posibles, pero está bien.

Creo haber sido, tal vez con la de Kennedy y, bueno, la de Mitterrand, y no quiero alargar la lista, de las próstatas más conocidas, por pertenecer a poderosos. Todas están en el paraíso. Cosa que no ocurre, pienso ahora, con las próstatas y demás órganos, glándulas y humores de la gente en Colombia. Viven en el infierno.

¡Ay del pobre! Cómo sufre en ese país de bandidos, corruptos y Ley 100. Qué les digo, que mi dueño se escapó de ir a una EPS a que le hicieran exámenes, le formularan para cualquier cosa acetaminofen y lo sometieran a largas esperas, como las de ciertos condenados a muerte que les aplazan la ejecución a sabiendas de que no tienen escapatoria. Qué bien que me trataron, como debe ser para todos, pero yo era una privilegiada, por lo cual no estoy triste.

Digo que supe lo que es una atención adecuada, de esas que por ningún motivo se presta en las empresas de salud. Ser la próstata del presidente de la república tiene sus ventajas. No hubo que aguardar meses para la operación, lapso increíble que puede servir para una definición de eternidad. Todo el personal de atención era amable y cuidadoso, que, ¡caramba!, algo así no se le brinda a cualquier parroquiano. Mejor dicho, yo no soy, o no era, una próstata cualquiera. Ni mi dueño, tampoco.
Algo lindo que sucedió fue el no hacer filas desde la madrugada para pedir citas. Otras próstatas que me he encontrado en este mundo me lo han referido. Lo mismo riñones, pulmones, corazones y hasta juanetes. Pertenecían a gente de abajo, del común, más bien todos (y todas, caray) del populacho y cuentan de sus peripecias tristes, de sus trabajos y dificultades para alcanzar atención médica. Si es que hay tanto poblador en ese país de miserias sin cuento llevados del carajo. Por eso me alegro de no haber pasado por las de San Patricio. Ni hablar de aquellos que devuelven de las porterías de hospitales porque no hay manera de atenderlos. O porque no tienen dinero. O porque su EPS no les ha pagado a la institución hospitalaria.

Me enteré, después de vieja, de muchas lidias de pacientes. Pero yo qué. Menos mal no tuve afugias. Lo que sí es que estaba bien informada. Por ejemplo, supe de lo que advirtió la contralora general de la república (otros dirán republiqueta), Sandra Morelli, acerca del insalubre sistema de salud colombiano que, según ella, “genera estímulos perversos y vacíos que permiten que los recursos se desvíen”. La misma funcionario dijo que tanta plata que hay en el sector de la salud, pero que no se traduce en servicios. Claro, digo yo que ahora estoy por encima de cualquier sistema, que a esas empresas les interesa sobre todo la ganancia. Que la salud, lo sé desde la instauración de la Ley 100, se volvió negocio. Y de los más lucrativos. Cosas del Consenso de Washington, según decían.

Por lo menos a mí no me tocó ningún “paseo de la muerte” por carecer de recursos, ni padecí insultos de porteros que algunos parecen saber más que los médicos, ni tuve la desgracia de acostada durante horas en una camilla sin que nadie se dignara mirarme. Uno (o una) se da cuenta de tantas cosas, pero yo qué podía hacer si era, simplemente, la próstata de Juan y no tenía potestad sobre sus pensamientos.

Sé de EPS que se han tornado baluartes de politiqueros y agiotistas. O cómo dijo un senador izquierdista (y aquí me toca persignarme por estar citando opositores) que el sistema de salud colombiano es tan corrupto que “navega en un mar de pus”. Por lo menos a mí no me tocó vivir lo que casi todos viven, que les demoren los tratamientos y cirugías, que no les den las medicinas adecuadas, que los médicos ni los miren a la cara porque no tienen tiempo para perder con los pacientes. Soy, o era, repito, una próstata privilegiada. Y desde estas alturas, lo único que puedo decir y pedir es que Dios se apiade de los pobres de Colombia.

 

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