Por: Gonzalo Hernández

Sprint presidencial

Como si se hubieran puesto de acuerdo, los candidatos acordaron postergar el momento de confrontación y enfrentarse solo en el final de la carrera. Parecidas a las etapas ciclísticas en terreno plano, las elecciones presidenciales de Colombia el próximo año se verán como un sprint en los últimos metros. Ninguno de los candidatos parece interesado hoy en una escapada. Y eso que estamos solo a menos de ocho meses de la meta.

Las semanas finales tendrán seguro la emoción de un ritmo impetuoso, las caídas repentinas, a veces en montonera, y los codazos de campaña —reto para la creatividad de los mercenarios de la publicidad política y para los equipos clandestinos encargados de manipular la información en las redes sociales—.

El espectáculo, cargado del morbo mediático que llena la atmósfera política de este país, viene con un costo alto. No habrá tiempo para debates profundos o para la evaluación de las mentiras y las inconsistencias en los discursos políticos de los candidatos. No habrá tiempo para hastiarnos de las noticias falsas. A diferencia de lo que pasa en las sociedades más democráticas, serán pocas las oportunidades de contrastar las ideas y los planes de gobierno de los aspirantes a dirigir el Poder Ejecutivo.

En la lista de los costos del juego que armaron, hay que incluir que se reducirá el margen de maniobra de los organismos de control para identificar los casos de corrupción y las violaciones a las normas electorales. Como ya ha ocurrido antes, los destapes llegarán demasiado tarde. El sprint presidencial, por lo tanto, es otro golpe a la frágil democracia colombiana. Claro, a muchos les conviene que sea así.

Al ir por firmas, no solo dejan suspendida la contienda; los candidatos revelan que no les importa el debilitamiento de sus partidos que, en lugar de operar como instituciones democráticas que hacen control interno, se han convertido en fusibles que se queman sin que sus miembros asuman la responsabilidad de sus acciones. Quemado el partido, se crea luego otro que cobija a los mismos de antes.

El escenario actual de la carrera presidencial es el coletazo de la baja popularidad del presidente Santos. Gobernó con la Unidad Nacional. Y ahora los que hicieron parte de ella queman sus partidos para no quemarse ellos con la vinculación al Gobierno.

Eso no es todo. Con los partidos ardiendo, viene también la quema de las ideas y las agendas de gobierno de mediano y largo plazo, que son mucho más importantes que las del gobierno de turno. Es irresponsable que los candidatos no hablen de la implementación de los acuerdos de paz.

Los interesados en desviar el debate de las ideas hacia una contienda publicitaria y de espectáculo que gana en los últimos metros deberían ser castigados en las urnas; también aquellos que van prescindiendo de los partidos, los movimientos políticos y las ideas, como si la responsabilidad política fuera una prenda de vestir que se lava cuando se mancha.  

Coletilla. Empezamos a ver en Tumaco los costos trágicos de la improvisada implementación de los acuerdos. ¿En serio aceptaremos que los candidatos miren para otro lado como si no fuera su asunto?

* Profesor asociado de Economía y director de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana.

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