Por: Sergio Ocampo Madrid

Sra. Cabal, aquí no hubo guerra

Sin darse cuenta y obviamente sin querer, María Fernanda Cabal con sus declaraciones acerca de que la masacre de las bananeras nunca existió, le entregó al país el mejor argumento de que en el actual proceso de paz, la reconstrucción de la verdad es lo único que no se nos puede embolatar. Inclusive, que la verdad histórica es más importante que la verdad judicial.

La mala índole de Cabal y de nuevo sus afirmaciones destempladas terminaron apuntando a uno de los problemas definitivos de Colombia; una de nuestras debilidades como nación y causa fundamental de que las guerras se hayan superpuesto unas con otras, hasta perder la certeza de si alguna vez estuvimos en paz; de que líderes mezquinos, violentos, fascistas incluso, sigan en el panteón de los ejemplares, o de que numerosas familias de nuestras élites nacionales y regionales, que se enriquecieron a punta de saqueo y de corrupción, sigan siendo los paradigmas.

La historia es uno de nuestros grandes olvidos; uno de nuestros desdenes. Por eso, casi todo el siglo XX es un relato sin certezas, sin apropiaciones y sobre todo sin responsabilidades. Quiero decir, muchos de los grandes acontecimientos, sangrientos la mayoría, no quedaron fijados ni siquiera en una historia semioficial, y las clases dirigentes, incluidos los medios de comunicación, privilegiaron la actitud de no ahondar, no recordar, de pasar por alto, aunque la dinámica de los hechos demostrara que las heridas seguían abiertas y los rencores vigentes. Y que todo tendía a repetirse. Hay un editorial de El Tiempo, del 7 de febrero de 1959, rescatado en una investigación de Alberto Valencia Gutiérrez, de Univalle, que muestra del modo más claro esa tendencia “olvidacionista”.

“En el olvido de todos nuestros dolores, de todos nuestros sufrimientos, afrentas y odio está la clave de la convivencia. Hurgar las oscuras raíces y buscar tendenciosamente orígenes y responsabilidades es una manera de envenenarnos y mantenernos en estado de prevención y de cólera. La reminiscencia de los rencores y resentimientos solo conduce al caos y al estímulo oscuro de las pasiones y así es imposible moralmente rehacer a la nación”.

Antes de la investigación oficial sobre los hechos del Palacio de Justicia, nunca hubo una intención gubernamental para ir al fondo de los acontecimientos y entender qué fue lo que pasó, por qué pasó, y sobre todo quiénes fueron los determinadores. Y nos quedamos sin saber quién mató a Uribe Uribe, y por qué; a Jorge Eliécer Gaitán y por qué; cuántos muertos produjo la llamada “Violencia” de los años 50, qué líderes nacionales y locales estuvieron detrás, qué capas sociales la favorecieron o la ocultaron.  

Toda la iniciativa de fijar esa historia se les dejó a los académicos, en proyectos casi personales, y entonces gracias a monseñor Guzmán, a Fals Borda, Umaña, Alape, Molano o Gonzalo Sánchez, hemos llegado a una aproximación de la historia. El entendimiento y la comprensión sobre nuestros procesos trascendentales y los hechos más repudiables se lo debemos al esfuerzo personal de unos pocos intelectuales.

La literatura, con sus metáforas, puso lo suyo con un puñado de libros de García Márquez, de Gardeazábal, de Daniel Caicedo, de Soto Aparicio, de Hernando Téllez, Osorio Lizarazo o Miguel Torres. Entonces, en un país con una historia borrosa, con la eterna narrativa del “Tapen tapen”, “olviden olviden”, esas metáforas terminan llenando vacíos. Y personajes como la señora Cabal hablan de “narrativas comunistas que construyen mitos” sin entender que lo fundamental en Cien años de soledad no son los posibles tres mil muertos, sino el servilismo arrodillado de las dirigencias nacionales ante el poder extranjero y la tendencia del pueblo al desinterés, a la amnesia inmediata, a la negación, pues José Arcadio Segundo se tira del tren que lleva un número indeterminado de cadáveres, y se devuelve caminando a Macondo pero allí nadie sabe de muertos en la plaza, o del Ejército abriendo fuego contra la multitud. Allí no había pasado nada.

Hace un año, antes del desastre electoral del plebiscito, decía yo en una columna que, por el objetivo de una paz duradera y cercana a lo real, lo único que no podíamos negociar, hacer a un lado, era reconstruir la verdad en todas sus partes, para poder entender, enterrar nuestros muertos con una sensación de que no murieron en vano, hacer el duelo y empezar a perdonar. Y sobre todo, no repetir esos años horribles.

La señora Cabal, con su salida en falso de la semana pasada, reafirmó que esa es la prioridad, aunque cada vez se vea más lejos pues, primero la Corte y hace dos semanas el Congreso, cerraron las puertas a que los “terceros civiles” tengan que comparecer ante la Justicia Especial para contar su versión y aceptar sus culpas, directas o indirectas, en crímenes de lesa humanidad.

El mensaje entonces es que esta fue una guerra en la que solo hubo soldados peleando, de las Farc y de las Fuerzas Armadas. No hubo políticos atizando tempestades, ni fomentando de modo oportunista masacres, ni empresarios y comerciantes financiando ejércitos, ni ganaderos (los del esposo de la señora Cabal) trayendo mercenarios a pelear y entrenar. Aquí, como en Macondo, no pasó nada.

 

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