Por: Gonzalo Silva Rivas

Su primer partido

En el claroscuro de la fiesta y el inconformismo popular se encuentran nuestros vecinos del Brasil, a ocho días exactos para que arranque la Copa Mundial de Fútbol.

La alegría carioca contrasta con las protestas sociales desplazadas por sus calles, consecuencia de la considerable suma comprometida en la organización del evento, que choca con la escasa participación presupuestal en servicios como la salud y la educación públicas.

El gobierno de la presidenta Rousseff enfrenta el rechazo de algunos sectores y defiende a capa y espada la realización y financiación del torneo, al que se le han destinado alrededor de 10.000 millones de euros. Se argumenta que las cuantiosas inversiones verán sus resultados a largo plazo, tiempo después de que hayan terminado Mundial y Juegos Olímpicos de 2016, cuando la economía brasileña, hoy en día con grandes signos de debilidad, podría alcanzar unos cuatro puntos porcentuales de crecimiento.

Ad portas del certamen futbolero, la potencia latinoamericana poco ha visto reflejadas las bondades de dichas inversiones en su PIB. Durante el primer trimestre del año aumentó solo un 0.2%, en comparación con igual período de 2013; y la apuesta para 2014 se proyecta en la lánguida cifra de 1.63%. El escenario justifica los resultados. A una semana del primer pitazo para el encuentro inaugural entre la selección anfitriona y Croacia, la construcción y modernización de la infraestructura vial y de obras públicas, como redes de comunicación, aeropuertos, estadios, y alistamiento de destinos culturales y turísticos, avanzan a marchas forzadas y con visibles retrasos.

Resulta posible que buena parte de los estadios, incluido el de Sao Paulo, estén inconclusos, y den una que otra sorpresa, como el de Curitiba, donde la sala de prensa será una tienda de lona. A partir de las próximas horas -cuando se prenda oficialmente la fiebre mundialista- varios aeropuertos de las ciudades sede presagian momentos de congestión y confusiones, pese a que fueron privatizados con la esperanza de dar celeridad a unos trabajos que se quedaron cortos ante las dimensiones del desafío.

Si bien es cierto -como lo dice el gobierno- que la nueva infraestructura será un legado a largo plazo, también lo es que -a corto plazo- la economía brasilera recibirá un gran alivio gracias a los favores de la industria turística. De darse las cuentas, durante los treinta días de la Copa se recibirán 600 mil turistas extranjeros, que se sumarán a los 3.1 millones de residentes que recorrerán las 12 ciudades anfitrionas. Esta oleada de viajeros dejará divisas cercanas a los USD3.000 millones y marcará historia en este país carismático, fiestero, colorido y bello. La sensación que se vive en Brasil podría cambiar de coronarse campeón de la justa. Con el turismo, ya tiene ganado su primer partido.

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