Por: Fernando Araújo Vélez

Su primera noche como decadente

Un día cualquiera, tal vez un miércoles de Semana Santa, apagó el computador de su última oficina con algún velado insulto a los tiempos posmodernos, se colgó el abrigo de todos los años, encendió un cigarrillo y salió a la calle.

Anduvo sus primeros pasos de decadente sin mucho ruido. Jugó a las maquinitas en la tienda de una esquina, se perdió entre los títulos y las fotos de las revistas de una vitrina, y en la primera cafetería que encontró pidió media botella de brandy. Siete tragos, nueve cigarrillos en el patio trasero como cualquier delincuente, dos cafés... No alcanzó a emborracharse, pero igual, se sentía alegre. Había cumplido con su fracaso a los 46, cuatro años antes de lo previsto, y eso ya era algo.

Llegó a su casa sobre las siete de la noche, puso un viejo disco de Adamo, Inch’allah, y se sentó a observar la vida por la ventana sin la ascendente angustia de las últimas décadas. Se comió un chocolate suizo  para celebrar que ya no había triunfos que perseguir ni sentidos de vida por descubrir. Se tomó un vaso de ron para ahogar las tres líneas de éxito que en algún tiempo había festejado, otro para brindar por las tres mujeres que lo habían dejado y uno más para seguir con la cuenta.

Recordó antiguas semanas santas de penitencias, temores reverenciales, cinemas en blanco y negro y películas eternas con añejos héroes bíblicos casi siempre protagonizados por Charlton Heston. Pronunció los nombres de los teatros que recordaba, El Almirante, el Metro, el Lucía, Faenza, Trevi, Mogador, y cantó con el disco de Jesus Christ Superstar hasta que la voz no le dio para más.

A la una de la mañana, por fin, se acostó a dormir su primera noche de decadente. Y soñó con fracasos.

 

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