Por: Tatiana Acevedo Guerrero

¡Suénalo!

Hace algunos días la alcaldía de Barranquilla prohibió indefinidamente los picós y declaró que son espacios "propicios para riñas, robo, venta de alcohol y drogas".

Desde otra orilla, un intelectual que criticó ante la prensa la medida, describió los picós como “elemento que permite la socialización de los pobres, bálsamo que les permite ahogar sus penas”.

Ni la mirada reprobatoria que lo ve como cultivo de bárbaros que bailan, pelean y se drogan alrededor de un parlante, ni la condescendiente que lo retrata como un conjunto de “buenos pobres” que se consuelan entre sí, le hacen justicia al picó. Estos, bailes populares en que un picotero o DJ mezcla y crea champeta (en décadas pasadas salsa y soukous) rodeado de una aglomeración de parlantes ambulantes “picós”, han evolucionado en las calles de distintos municipios de la costa Caribe a lo largo de los últimos cuarenta años. En la fiesta converge toda una red de trabajo e informalidad: los picoteros, sus técnicos, cantantes, promotores, pintores (que dibujan en el picó para diferenciarlo de los demás), fotógrafos, vendedores de comida, y expendedores de trago o drogas recreativas.

Que la respuesta a las “sospechosas” expresiones populares sea la prohibición es una constante histórica. En su momento la cumbia fue considerada “lujuria de devaneos y exponente de grosera vulgaridad” y en 1921 tanto la cumbia como el mapalé fueron prohibidos por decreto en la ciudad de Cartagena. Desde su creación alcaldes y consejeros de seguridad en Tolú y Cartagena han dado declaraciones sobre los “peligros” del baile de champeta. En 1999, el alcalde de Malambo anunció sanciones contra quienes la escucharan y declaró que “científicamente” se había demostrado que el ritmo propiciaba comportamientos violentos. Sobra decir que ninguna de estas medidas ha dado nunca resultado y que la prohibición decretada por la alcaldesa de Barranquilla es improvisada, discriminatoria, anacrónica y está destinada al fracaso.

 

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