Por: Mario Méndez

Sueño: un mundo sin armas

Es lícito soñar, y hacerlo sin pagar IVA es un principio de justificación que permite compartir sentimientos de rechazo a un elemento odioso como son los instrumentos de muerte, en manos de quien estén. Soñar así, claro está, supone a simple vista ir contra lo que parecen verdades indiscutibles. Por ejemplo, nadie cuestiona la existencia de ollas de cocina, palas u otras herramientas, creaciones humanas y por tanto pertenecientes al parque antropológico, resultado de la inventiva del ser para desenvolverse en el medio social.

En los años 60, los checos difundían unos hermosos cortometrajes animados que mostraban asuntos de gran importancia para el pensamiento crítico, sin el cual es imposible que la sociedad progrese. En uno de aquellos se muestra la temprana aparición de objetos rudimentarios, quizá las piedras que alguien lanza para defender “su” naciente propiedad privada. Ese primer proyectil evoluciona lentamente, hasta llegar a las armas de destrucción masiva que acaban con la cultura material de la Tierra. El planeta queda desolado, con unos pocos hombres que sobreviven al desastre. Entonces el mundo regresa a estadios de desarrollo primario: y en aquel escenario pobre reaparece quien arroja lo que tiene a su alcance para irse contra el “otro”. En medio de tal episodio, se ve una mano gigante: ¡alto ahí! Se entiende que señala el riesgo de repetir la cadena evolutiva de las armas. Eso es todo, suficiente para advertir sobre los peligros de autodestrucción.

Creemos que en esta visión tal vez ingenua hace presencia una concepción diferente acerca de lo que hemos vivido a lo largo de la historia. ¿Por qué no soñar? ¿Por qué no plantear la posibilidad, remota o imposible, sí, de que el género humano, la raza humana, se acrisole hasta repudiar los artefactos útiles para matarnos? Posible o seguramente, los militares y los militaristas que lean esto nos acusen de pendejos por este tipo de ejercicio intelectual. No importa. Hoy hemos querido soñar, como repudiadores de las armas, así como tantos otros pensaron y piensan cuando echan a volar su pensamiento. La civilización material en que vivimos es justamente el producto de la acción decidida de grandes soñadores que no se avinieron a que las prácticas sociales siguieran estáticas.

Por fortuna, el ser humano no se hundió en una ideología chata que le mostraba el esclavismo como algo consustancial a la sociedad, así como avanzó hacia la construcción de los principios científicos que en sus comienzos se confundían con el intocable pensamiento mágico, en un maremágnum de hechicería y politeísmo. El mundo llegó así al modernismo.

En el peor caso, así fuera una mera demostración de candidez el concebir las armas como tétricas piezas —que siempre hemos visto con repulsión y que quisiéramos únicamente en los museos de armas: las hoplotecas—, el hombre y la mujer debemos ser capaces de expresar ideas que contraríen el desfile de los ciegos, así sean videntes, que no se atreven a un asomo siquiera de cuestionamiento y ruptura para hacer más amable el mundo.

Tris más. ¿Hay códigos que castiguen una mirada distinta sobre la realidad?

* Sociólogo de la Universidad Nacional.

887865

2019-10-26T00:00:39-05:00

column

2019-10-26T00:15:01-05:00

[email protected]

none

Sueño: un mundo sin armas

26

3358

3384

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mario Méndez

Carta abierta a Jaime Garzón

Elección popular, frustración democratera

“Titánicos” contrastes

Hastío y esperanza

Alardes de un alcalde impopular