Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Sueños, autos y transporte

En el año 2007 se dieron varios hechos que acercan a muchos colombianos al sueño de tener su propio auto.

La razón no es una mejora en las condiciones de distribución de la riqueza, ni un incremento significativo en el ingreso per cápita de los grupos pobres de población, que serían dos indicadores muy importantes de desarrollo económico y social. La razón es la caída en el precio de los autos, como consecuencia de la oferta barata que viene de China e India, y a la disminución en los impuestos. Se disparó el mercado automotor; no sólo el de los nuevos, sino también el de los usados, cuyos precios cayeron de manera significativa. A diferencia de los países de alto ingreso per cápita, donde un auto nuevo reemplaza uno viejo, en Colombia aumentan los autos: el viejo cambia de manos y sigue funcionando.

Ahora, el precio no es el problema principal. Muchos autos con más de 10 años de uso cuestan menos de 15 salarios mínimos. Surgen dos nuevos y complejos problemas. El primero, es cómo mantener el auto con los altos precios de los combustibles y los repuestos y cuando el salario mínimo exige que más del 50% del ingreso se emplee en alimentos, dejando una suma muy pequeña para salud y educación. Así, mantener el auto no puede ser prioridad. El segundo, es un problema social: mientras se incrementa la población de automóviles de manera geométrica, el espacio público para su movilidad no crece o aumenta muy lentamente. Cada vez es más barato adquirir un auto y más costoso generarle espacio para que se mueva. El resultado es un incremento significativo en el nivel de congestión. Ciertos días y en ciertos lugares toma más tiempo desplazarse en un auto particular que en bicicleta, e incluso a pie, y siempre es más rápido el Transmilenio.

Si bien el nivel de congestión ha aumentado en todas las ciudades medianas y grandes, el caso de Bogotá es crítico y tiende a empeorar. En Bogotá hay algo más de un millón de automóviles. Esto significa un auto privado por cada ocho habitantes. Si las cosas siguen como van, igualaremos el promedio europeo de un auto por cada dos habitantes. Esto equivaldría a multiplicar por cuatro el número de autos en Bogotá. ¿Dónde ubicarlos y cómo moverlos?, son preguntas clave.

Sólo para mantener el actual nivel de congestión, se requiere que la malla vial se multiplique por cuatro y se mantenga en buen estado. Lo último es muy difícil y lo primero imposible. La ciudad está construida con otra lógica arquitectónica y, por más que intentemos construir autopistas, no hay dónde. Además no es deseable. Preferimos una ciudad amena para los peatones, que casas rodeadas de autopistas. Ampliar la malla vial no es la solución. Hay que restringir el uso indiscriminado del auto privado y privilegiar el transporte público. Esto es lo verdaderamente democrático, garantizando que todo ciudadano pueda desplazarse en tiempo y costo razonable a su lugar de trabajo y estudio.

¿Qué hacer y cómo regular la avalancha de autos privados que invaden nuestras ciudades? Primero que todo, hay que grabar el uso de la malla vial urbana. El que quiera usar el espacio público con un auto privado debe pagar por ello, y la suma no puede ser menor a $50.000 por día. Quizá, se permita el uso sin costo de la malla vial los sábados y domingos, que es cuando se hace mercado y se atienden los quehaceres familiares. Hay que volver a subir el impuesto a los autos privados. El “pico y placa” debe seguir operando. El impuesto por contaminación debe aumentar, y sancionar de manera severa a quienes sobrepasen los límites establecidos, los controles deben mejorar. Los autos viejos y los de mala calidad que no cumplan las normas ambientales no deben circular en las ciudades.  La calidad del combustible debe mejorar, así disminuyan las ganancias de Ecopetrol, y aumentar el precio con un nuevo impuesto orientado a mejorar la gestión ambiental urbana. Por su efecto sobre la salud humana, un indicador de desarrollo social es la calidad del aire que respiramos, y en esto estamos muy mal.

Combinar el sueño democrático de tener auto propio con el de transportarnos y respirar buen aire, es tarea pendiente y compleja. Pronto, el sueño colectivo no será tener auto propio, sino poder transportarse. Paradójicamente, cada día hay más autos y es más difícil moverse. Desarrollar un eficiente y efectivo sistema integral de transporte público es el reto técnico y político que tenemos al frente. El auto privado satisface un sueño, pero no es un medio idóneo para moverse cotidianamente. La ciudad tiene que privilegiar el transporte público y en algunas zonas prohibir el transporte privado. Así es ya en muchas de las principales ciudades industrializadas del mundo.

* Economista con especialidad en manejo de recursos naturales del Banco Mundial. Sus puntos de vista no  pueden atribuirse a esa entidad.

 

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