Sombrero de mago

Suficientes abusos

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Hace años en este país de desamparos y otras inequidades desean establecer el unanimismo, el pensamiento único, el Estado de opinión (en contravía del Estado Social de Derecho) y la desvirtuación de la protesta. Solo necesitan gentes mansas, bueyes y perritos falderos, que no se opongan, que obedezcan sin chistar, seres resignados. Que nos dobleguemos ante el poder. Así ha sido la reciente historia del autoritarismo en Colombia. Hoy, sin refinamientos, más bien con abiertas expresiones de instaurar una dictadura, hay desde lo oficial un complot contra la democracia y los derechos ciudadanos.

Nos quieren a todos convertidos en lambones. Nos proponen que seamos corifeos, aduladores, comparsas. No caben dentro de los cánones de un gobierno que se ha guardado para sí los órganos de control y los ha cooptado, las demostraciones de descontento con los atropellos. No protesten, dicen de arriba, porque las manifestaciones son promovidas por el terrorismo. No marchen, porque es darles patente a los “infiltrados”. Nada de vociferar contra el poder. Solo cabezas mirando al piso, silencio. Así es como nos gustáis, dicen los mandamases.

Desde los tiempos del “embrujo autoritario” se ha ido reforzando la idea de conculcar los derechos de los trabajadores, de estigmatizar los movimientos de repulsa que aspiran a mejorar las condiciones precarias de la mayoría de habitantes. Las tácticas del establecimiento van desde la utilización de un lenguaje a veces suavizado (no son masacres, son “homicidios colectivos”), a veces abiertamente agresivo y descalificador: “guerrilleros de civil”, “comunistas disfrazados”, y en la mayoría de ocasiones simulando democracia y aplicando la picana represiva.

Los sistemas de dominación, como se sabe, apelan, como táctica de su ejercicio del poder, a disfrazar el lenguaje, y ciertas acciones a revestirlas de democracia cuando, en esencia, son de una abierta antidemocracia. Por ejemplo, para el gobierno colombiano, y más para su presidente, una suerte de monigote neocolonial, son válidas las protestas en Venezuela contra Maduro, al que, como se recordará, le pusieron hace casi dos años unas “cuantas horas de vida” a su régimen… Qué rico, muchachos venezolanos, ocupen las calles, griten, aúllen. De este lado del mundo (Duque en la frontera) los apoyamos.

Al contrario, cuando la muchachada y también los mayores de este suelo se alzan con su dignidad herida por las medidas oficiales, se trata de una demostración subversiva, vandálica. Por qué reniegan si están en un paraíso, parecen decir los capos gubernamentales en Colombia. Y si la Corte Suprema de Justicia apoya el derecho a la protesta pacífica, lo tutela y proscribe que la Policía utilice determinados artefactos y recrimina los excesos de las “fuerzas del orden”, como aconteció en las manifestaciones del paro nacional a fines de 2019, entonces el gobierno desacata, desvía, se enfrenta al poder judicial, se hace el idiota ante la orden de pedir perdón por los desafueros.

Cuando todavía en el país martirizado resuenan las palabras implorantes de Javier Ordóñez (“por favor, ya, ya, por favor, ya no más”), cuando todavía no ha terminado el eco de los disparos policiales contra manifestantes y aun contra personas que no hacían parte de las recientes protestas, el gobierno entra en confrontación con la Corte Suprema de Justicia y con una conducta de arrogancia y presuntuosidad, desacata en la práctica la tutela de la Corte Suprema de Justicia. Es toda una agresión al Estado de Derecho.

Además de las crecientes demostraciones de desacuerdo con un gobierno que ni siquiera ha sido capaz de resolver las necesidades de miles de microempresarios quebrados por la pandemia y más bien pretende la financiación de una empresa extranjera, ahora hay una petición colectiva en Colombia: que renuncie el Mindefensa. Ante los abusos y tropelías oficiales, lo que la gente del común, los precarizados, los desempleados, los estudiantes, los maestros, los que tienen un trabajo por horas, todos los que de muchas formas están atropellados por el gobierno, lo que piden es justicia social, equidad, bienestar para todos.

El editorial de este diario, el pasado domingo, expuso, entre otros razonamientos, que la sentencia de la Corte Suprema de Justicia “lo único que hizo fue reconocer que ha habido suficientes abusos como para justificar que se tomen algunas precauciones, que se reinicien los términos del diálogo con la ciudadanía y se proteja el derecho a la protesta, que es fundamental para cualquier democracia” (El Espectador, 27-09-2020).

Esas sentencias, al parecer, no le gustan al gobierno. Y ante ellas se hace el marrano. Nos quieren complacientes y mudos, zalameros y serviles, obedientes y lisonjeros. Así el gobierno y sus conmilitones nos podrán llamar “gentes de bien”.

Y en este punto creo pertinente recordar unos versos de Miguel Hernández, en Vientos del pueblo me llevan: “No soy de un pueblo de bueyes / que soy de un pueblo que embargan / yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas / y cordilleras de toros / con el orgullo en el asta”.

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