Por: Juan Carlos Rincón Escalante

“Superpasito” es una obra que cautiva

Superpasito es una obra de teatro que lo reta a uno y se reta a sí misma. Casi todos sus diálogos son susurros y de escucharlos con atención depende el poder ir armando, a punta de retazos y sutilezas, el mundo distópico en el que están atrapados los protagonistas. Al bajar la voz se construye un contraste notable con la sociedad que está fuera del teatro, ese mundo hiperconectado, hiperfrenético e hiperdistraído que no da respiro alguno. Durante la hora y piquito que dura, Superpasito pide total concentración en los detalles. A cambio, promete justificar su existencia a través de un guión ambicioso e interpretaciones extraordinarias. 

Lo más interesante es que logra cumplir esa promesa. Superpasito es un derroche de talento.  

Parte del encanto de Superpasito es no saber de qué va el asunto. La desorientación, que permanece a lo largo de la obra, exige estar pendiente de lo que se dice, de lo que se calla, de las reacciones. Es impresionante todo lo que logran transmitir a punta de susurros. Por eso, lo único que les contaré es lo mismo que dice la descripción de la obra: “una pareja se encuentra atrapada en un universo donde el susurro es la norma con el agravante de que si suben la voz algo terrible puede pasar”. Si suena familiar a distopías recientes (y no tanto) es porque se trata de una creación que les rinde homenaje y, al mismo tiempo, busca tener su propio lugar. Objetivo que consigue. 

La obra es mínima en sus recursos. El escenario es una mesa, dos sillas, algunos platos y ya, acompañados por un buen manejo de luces y algunos recursos sonoros. Sólo hay dos protagonistas: una mujer, interpretada por Luna Baxter, y un hombre, encarnado por Julio Escallón, quien escribió y dirige Superpasito. Que no haga falta más y que la obra cautive de principio a fin es un testimonio de lo bien construida que está y, sobre todo, de las buenas interpretaciones. 

Hablemos de esas actuaciones. Baxter y Escallón demuestran que son dos de los mejores intérpretes que hay en el país. No sólo porque se nota el esfuerzo titánico que implica construir la obra alrededor de los susurros, sino porque sus expresiones, a veces gigantes y exageradas, están llenas de una sutileza y empatía que me conmovió. En varias partes de Superpasito sentí que estaban jugando un partido de tenis, pasándose del uno al otro la atención de la audiencia con elegancia. Además, el manejo de sus movimientos corporales cuenta tanto, o quizás más, que las mismas palabras que dicen. 

En un momento fascinante, Baxter se lanza en un monólogo largo que eventualmente la lleva a recostarse contra la pared. Son varios los mensajes, algunos contradictorios, que logra transmitir sólo con la forma en que se apoya en la pared y con como mueve las manos. La desazón, la frustración, la curiosidad, la confusión y la empatía que le producen al personaje la historia que está contando se ven ahí, al rojo vivo, bajo uno de los reflectores del teatro. 

Al finalizar Superpasito son muchas las preguntas que quedan sobre el mundo que propone la obra, sobre los personajes. Que me hubiera gustado saber más de las dinámicas políticas, de las motivaciones, es tal vez sólo el reclamo caprichoso de querer seguir viendo a esos dos actores encarnar con tanto éxito a sus protagonistas. 

Me emociona que en Colombia se esté haciendo este tipo de teatro.

Recomendada sin reparos. 

Twitter: @jkrincon 

Instagram: @jkrincones

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“Superpasito” es una obra que cautiva

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