Por: Diana Castro Benetti

Sutileza tántrica

Casi como un símbolo de autonomía, poder y libertad, buscamos una guarida propia donde puedan vivir el deseo, un ser imaginado o un loco endemoniado.

Se tantea un lugar que tenga puerta, techo y ventana. No está de más si viene con balcón, jardín o cuarto de chécheres. Cada cual evalúa su diseño, modela, negocia y avanza con o sin imagen del Divino Niño. Las cortinas y persianas tamizan la luz a gusto del ojo, la nariz o las manos. Butacos, ollas y estufas vienen a ser utensilios que están de paso y los rencores, miedos o amores desfilan para instalarse como parte del decorado. Cada quien aloja su destino y encuentra tarde o temprano las pobrezas y el reconocimiento. Con todo o sin mucho, cualquier techo es un camino a la liberación.

Pero en la entrega ciega a lo improductivo, hemos olvidado que el cuerpo es casa. Una alegoría de la propia morada que tiene sus puertas, pasadizos, jardines y uno que otro misterio para indicar celebraciones. El cuerpo como gran arcano teje las rutas de todas las emociones, desajusta las ilusiones y nace con la única certeza de que sí dejará de existir. Como si fuéramos presos y libertinos a la vez, el cuerpo hospeda a su antojo vanidades y algunas perlas de sabiduría. Seamos místicos o no, el cuerpo es el vehículo oportuno hacia el estar donde hay que estar.

Transgresiones e ideas también son el cuerpo que tenemos. Nos gusta intervenirlo y negarlo por años o remodelarlo casi que por decreto. Hoy cada cuerpo debe ser otro, uno distinto y, sobre todo, uno que se parezca a lo ajeno. Lejos de vivir en equilibrio, este refugio pide tan sólo ser escuchado para recuperar su rol de zurcidor del azar y del destino.

No hay cuerpo inútil ni cuerpo imperfecto. Es la habitación en la que vivimos y el pretexto para la unión desde la puerta del cielo, una especie de terraza infinita en el tope de la cabeza. Sin llave y con laberinto, a este lugar de belleza y esplendor se llega apretando con suavidad el perineo como si con la entrepierna se pudiera sostener una hoja muy fina. Técnica simple y toda una sutileza tántrica.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

Una perversión

El don

El querido diario

Lectura silenciosa

Pasiones dulces