Por: Jaime Arocha

Sweet Black Angel en La Toma

EN SU CONFERENCIA DEL PASADO 16 de septiembre, Angela Davis dijo que el próximo 13 de octubre se cumplirán 40 años de su arresto. Las acusaciones fraudulentas de las cuales fue objeto originaron el movimiento mundial que la respaldó.

Pese a la inocencia de quien los Rolling Stones llamaron Sweet Black Angel, el Estado buscaba enviar mensajes de terror más a luchadoras por el feminismo y los derechos civiles. Por un destino extraño, ese 13 de octubre coincide con la fecha del colapso en 2007 de una mina sobre 20 mineros y mineras de Suárez (Cauca), región que la profesora Davis visitó el sábado para expresar su solidaridad con las víctimas de la desterritorialización. Para ella, semejante aberración forma parte de los vestigios de la esclavitud, cuya persistencia justifica el abolicionismo del siglo XXI que ella promueve.

Además de haber aceptado la invitación de la Escuela de Estudios de Género de la Nacional para que se refiriera al “Black feminism”, llegó hasta La Toma, aquella comunidad de mineros que remonta sus orígenes a 1600 y ha enfrentado la amenaza de un desalojo a favor de la minería a gran escala. Hace unas horas, contó cómo le había ido:

— (El día de) mi visita a La Toma fue uno de los más intensos de mi vida entera. Tuvimos una reunión maravillosa con los miembros de la comunidad, quienes nos hablaron (...) acerca de la construcción de la represa (de Salvajina) y de su impacto sobre la comunidad, y claro está de las luchas para retener su territorio ancestral a la luz de la amenaza de expulsión. Oímos a las mujeres y a los músicos; fue una música increíblemente conmovedora. (Vimos) los niños bailando, y tuvimos la oportunidad de ir a una mina.

Añadió: — Francia (Márquez) nos explicó exactamente los problemas que enfrentan los mineros. (Fue así como comprendí mejor) el papel que la minería ha desempeñado en la historia de la gente de La Toma (…) desde los esclavos traídos al área como mineros, así como los cientos de años que llevan haciendo minería. Lo que realmente me impresionó fue que las mujeres me hicieran caer en cuenta de que eran mineras, que habían aprendido su oficio desde que eran niñas, de modo tal que la minería no sólo es su trabajo, sino su cultura, su historia.

Superado el estereotipo que ata esclavitud y plantación, ésta última pasaba a ocupar otro lugar en su mente:

— También me señalaron lo que ya había pasado en términos de las multinacionales, desalojando gente para crear cañaduzales en la zona plana. Una de las mujeres los llamó “desiertos verdes”, porque allá antes cultivaban plátano y otros alimentos. De esas tierras, ellos han sido completamente desplazados, que es lo que las multinacionales de la minería ahora quieren hacer (en La Toma).

Le expliqué que el valor de la tierra en el norte del Cauca no era ajeno al programa de biocombustibles impulsado por el Estado. Me dijo estar al tanto de eso y que,

— De no haber visitado la región, jamás me habría dado cuenta ni de su belleza, ni de lo horripilante que será el que (...) vayan a hacer minería a cielo abierto, destruyendo la hermosura de ese paisaje.

Esa sensibilidad por el medio me recordó el cierre de su ovacionada conferencia en el auditorio León de Greiff sobre la urgencia de buscar alternativas al complejo de encarcelamiento industrializado que también se extiende por Colombia. Hay que unirnos a una sociedad jalonada por principios de servicio a las necesidades de los seres humanos y de nuestros compañeros no humanos.

Esta adalid universal constató el carácter emblemático de La Toma, así como el espectro mayor que está en juego:

— La importancia de las luchas para retener las tierras ancestrales de La Toma reside no sólo en lo que puedan alcanzar para la gente de esa región, sino como esperanza de vida para el resto del país. Si la gente de La Toma logra el éxito, eso querrá decir que avanzarán las luchas que libran los indígenas y los afrocolombianos en el Pacífico, en el Caribe y en el resto de las regiones.

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