Por: Marcos Peckel

Tahrir

El Cairo. No es como las plazas tradicionales de amplios espacios rectangulares engalanadas con edificaciones emblemáticas, sino una rotonda en la que confluyen grandes avenidas, con espacios abiertos en sus costados, uno de los cuales desemboca en el majestuoso museo nacional. Es la plaza de Tahrir (que traduce “libertad”), ubicada en el corazón de El Cairo, una metrópolis de unos 25 millones de habitantes. Fue aquí donde en 2011 se congregaron las masivas manifestaciones que le pusieron fin a la presidencia de 30 años de Hosni Mubarak, que desatarían en la población una ola de esperanza, de una nueva era de democracia y libertad. Fue en Egipto, en Tahrir, donde la primavera árabe nacida meses antes en Túnez adquiría su aura y su leyenda. El pueblo había vencido.

En la vía que del moderno aeropuerto internacional de El Cairo conduce a la ciudad llaman la atención la gigantesca sede de la Academia Militar protegida por un ornamentado muro con símbolos nacionales, seguida de una base de la Fuerza Aérea, como recordatorio de que en este país el ejército manda. La primavera acabó con Mubarak pero no con el régimen militar, que tras dos turbulentos años volvió al poder derrocando al elegido presidente Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes, triunfador en las primeras elecciones libres en el país desde su independencia.

La primavera en Egipto dio un giro de 360 grados para volver a lo mismo de antes. Un general, Abdelfatah Al Sisi, en el poder y los Hermanos Musulmanes en las cárceles. Sin embargo, a la luz de lo que ocurre en otros países a los que llegó la primavera (como Siria, Libia y Yemen), Egipto, gracias a la fortaleza de su ejército y su “Estado Profundo”, una nación orgullosa de su pasado imperial y su presente islámico y árabe, mantuvo la unidad y la institucionalidad del país.

El Cairo es una ciudad caótica, atestada de edificios dilapidados, con basuras acumuladas en las calles, un metro en superficie y subterráneo y autopistas elevadas que cruzan por en medio de edificios. El pasado Domingo de Ramos ocurrieron los mortales atentados contra iglesias coptas reivindicados por ISIS, dos más en una larga serie de ataques violentos contra esta minoría cristiana con presencia en Egipto desde los inicios de la cristiandad, siglos antes de que el Islam llegará a estas tierras.

En el centro de la rotonda de Tahrir ondea hoy la bandera nacional egipcia. El edificio de la Liga Árabe, a un costado de la plaza, se esconde tras los árboles como ocultando su vergüenza por no haber podido impedir el apocalipsis que descendió sobre el mundo árabe tras el advenimiento de la primavera. En Tahrir, el tráfico circula pesadamente y en la memoria quedan las imágenes de los millones de egipcios que atiborraron esta plaza y sus avenidas en un ya lejano día para ver que sus ilusiones de libertad tendrán que esperar a un nuevo sol.

 

 

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