“Takers” vs. “makers”

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Revisando los planteamientos de algunos grupos frente a la gravísima situación socioeconómica derivada del COVID-19, nos encontramos una larga lista de EXIGENCIAS que sin duda habrá que analizar, focalizar y, dentro del equilibrio económico y limitaciones, atender. De un lado están los que EXIGEN renta básica de emergencia de por lo menos un salario mínimo legal vigente, por seis meses, para 30 millones de personas en condición de pobreza; condonación de créditos agropecuarios; matrícula cero en las instituciones de educación superior; subsidios, etc. Como mecanismo de financiamiento proponen, entre otros, emisión de moneda, uso de reservas internacionales y más impuestos para el sector productivo. Para forzar sus EXIGENCIAS han recurrido masivamente al respetable derecho a la protesta, pero que, sin ponderar derechos de los demás, termina en muchos casos desbordada y amparada en jueces permisivos que cohonestan con los desmanes y liberan a los vándalos porque “no son un peligro para la sociedad”.

En el otro lado están todos los ciudadanos que HACEN, los dedicados a las actividades productivas de bienes y servicios, fruto del trabajo duro y asfixiante, que acometen más de seis millones de micronegocios, pymes, campesinos, obreros, empresas medianas y grandes. Reflexionando sobre esto, viene a lugar la simplificación y distinción que un profesor universitario hacía entre los MAKERS, que son los que producen la riqueza, y los TAKERS, quienes no la producen y, con un total desconocimiento de cómo se hace, simplemente sofistican los mecanismos de reparto y de captura de rentas. Esos MAKERS arriesgan su capital, su tranquilidad, su estabilidad para producir y generar progreso. Los TAKERS, por el contrario, en su mayoría viven de los impuestos que pagan los MAKERS, no tienen las afugias del taker pues viven cómodamente de los sueldos y pocas veces tienen clara la relación de causa-efecto.

La institución de los TAKERS toma múltiples formas, se multiplica y sofistica con el exceso de regulación, altos tributos, multas, cursos obligatorios, tarifas, etc., que terminan alimentando una generación de chupópteros (viven a costa de los demás), cuyas víctimas son el sector productivo asfixiado, acorralado, desestimulado y cuya casi única salida es refugiarse en la informalidad. Esta hiperinflación normativa y exceso de TAKERS frena el desarrollo de los MAKERS, desestimula la iniciativa, la adopción de riesgos y finalmente la creación de empresas. Pero además los MAKERS deben soportar un sistema de valores hostiles al éxito personal y a las actividades de innovación y tecnología, que ha derivado en que el progreso, más que fruto del crecimiento de los negocios, la libre empresa y la iniciativa privada, se logre por el corporativismo, sistema que previene la competencia económica en nombre de la armonía y unidad nacional, cuyo control es ejercido por el Estado, organizaciones y grandes grupos de interés.

El COVID-19 nos obliga a revisar nuestro contrato social y, si queremos unos mínimos y mejores condiciones para la población vulnerable, tendremos que hacerlo liberando el potencial de los MAKERS, permitirles trabajar, impulsándolos, apartando la maleza normativa y apoyando la ciencia y la innovación.

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