¿Cómo será la atención de las víctimas en Bogotá en medio de la pandemia?

hace 1 hora
Por: Julio César Londoño

Taller de escritura

Hace diez años dirijo un taller de escritura en Cali. Me gusta decir que ganamos muchos premios, que los estudiantes salen con criterios sólidos, que me encanta enseñar y otras ternuras semejantes. La verdad es que aprendo mucho más de lo que enseño. Los alumnos me tiran primicias todos los sábados. Por ejemplo: yo repetía sin vacilaciones que la crítica moderna empezaba con Poe hasta que Róbinson Grajales me dijo con tacto exquisito: Profesor, ¿qué opina de Samuel Johnson? Touché.

Pensaba que el “mensaje” era una corronchez hasta que me hicieron notar que los poetas viven “tirando línea”, que Nathaniel Hawthorne no es el único que desliza moralejas en sus cuentos y que la moral es algo ineludible. Fatal. Para completar, una buena señora me explicó que las moralejas eran inmorales porque no predican el bien por el bien mismo sino por cálculos tan mezquinos como el del pastorcito mentiroso, el mozalbete que sacrifica la mentira por unas pinches ovejas, una cobardía que ofende al arte de la ficción e incluso a las ovejas.

Un jovencito me enseñó que fue Sainte-Beuve el que lanzó la terrible maldición: “Jamás se le erigirá una estatua a un crítico”. Ese mismo día juré que consagraría mis días, y el Taller, al cultivo del maldito género de Aristóteles, Borges, Wilde, Valéry y Steiner porque, como dice Gamboa, perder es cuestión de método.

La maldición de Sainte-Beuve va a cumplir dos siglos y la crítica no levanta cabeza. Sus enemigos, en cambio, hacen magníficos chistes: “El criminal es el artista. El crítico, apenas el detective”.

Yo intuía que la poesía es enemiga de la narración (por eso nadie soporta los cuentos de los poetas: Yourcenar, Rubén Darío, Elkin Restrepo), pero no supe por qué hasta cuando un señor me dijo: El poeta detiene el tiempo para poder contemplar las cosas; el narrador necesita que transcurra para que la acción avance. La poesía ralentiza el tiempo del relato y mata la acción. El poeta necesita un corte en el tiempo, tiene que bajarse del auto para poder mirar el paisaje; ¡el narrador sigue en el auto para que el paisaje cambie y sucedan cosas!

Yo estaba perplejo pero me sobrepuse e improvisé un aforismo concluyente: el tiempo es la imagen móvil de la eternidad (adoro a Platón, siempre llega en el momento oportuno).

Marta Botero me enseñó la definición más breve y exacta en dos milenios largos de teoría literaria: “La crónica es un cuento que es verdad” (Gabo dixit). El resto fue fácil. Añadí que la crónica salvaba del olvido al periódico de ayer, y que obedecía a una fórmula sencilla: noticia + narrativa + humanidad.

De tarde en tarde aporto algo y les enseño que el ensayista de divulgación es un mensajero muy humilde, uno que espía en los gabinetes de los sabios y nos trae noticias de lo que pasa en esos “palacios de precisos cristales”. Y que debemos prestarle atención para aprender otras cosas y dejar de estar hablando solo de nuestros negocitos.

En febrero vuelvo al Taller. Estudiaremos crónica, cuento y ensayo de divulgación. También, crítica literaria porque sin ella caemos en la filatelia, y los misterios del verso porque estoy sospechando que la prosa es solo una forma piana de la poesía.

Todo será un bello pretexto para discutir sobre artes, ciencias y religiones. Para soñar el país. Para recordar que quizá el universo no esté hecho de palabras, pero la mente sí. Para comprobar que la historia puede mentir y la ficción acertar. Para sacarle jugo a ese antiguo instrumento que nos tocó en suerte, la lengua española. Para demostrar otra vez que las ideas son más fuertes que las armas, o que las armas son solo una mala idea, el invento de un cobarde.

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2020-01-25T00:00:06-05:00

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2020-01-25T01:50:57-05:00

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