Por: Piedad Bonnett

También importa el talante

Todos entendemos qué es el talante, aunque la definición del diccionario sea un tanto pobre: “Modo o manera de ejecutar una cosa. Semblante o disposición personal. Voluntad, deseo, gusto”. Conocemos a una persona por su talante, que es eso un tanto indefinible que irradia apenas se ve. Reconoce uno de inmediato, por ejemplo, si el señor de la tienda está de buen talante. El talante de Carlos Lleras, como el de Churchill y el de tantos otros líderes, era el de alguien malgeniado, autoritario, un tanto soberbio. El del papa Francisco, por el contrario, es bondadoso, humilde, sereno. Y el de Obama, amable, relajado, cercano. Ni qué decir del talante del señor Trump: provocador, desdeñoso, impulsivo, lascivo, grosero, inmaduro y también soberbio. O el de Putin, astuto y solapado, casi rapaz. Y cada uno tiene la cara que se merece, como decía Carlos Gaviria.

A los políticos se les juzga también, y más allá de lo ideológico, que es lo más importante, por su talante, y nuestro juicio puede ser, en ese sentido, definitivo a la hora de votar. Porque se puede ser muy inteligente y estructurado, pero el talante puede hacer estragos. La impulsividad, la propensión a la iracundia, la soberbia, la chabacanería, el autoritarismo, pueden ser defectos graves a la hora de gobernar. Y se encargan de enrarecer el espíritu de un pueblo. ¿Qué tal el talante de Nicolás Maduro y el muy provocador de Chávez? Y sé que a su cabeza, querido lector, se están viniendo otros muchos nombres.

Estoy convencida de que a los colombianos lo que les gusta es la personalidad fuerte, ojalá autoritaria; y los tiene sin cuidado que su presidente sea un ser vociferante e iracundo, pues en un país machista ser bravucón y pendenciero se relaciona con carácter, virilidad, capacidad de poner orden a las buenas o a las malas. Y por eso se desconfía del gobierno de una mujer, sobre todo si se ve muy femenina. Creo, también, que una de las razones por las cuales Juan Manuel Santos ha sido tan impopular es que es un hombre frío, que no se deja alterar por los insultos de sus enemigos, y que tiene siempre un discurso moderado, sin pasiones. Ni sus mayores realizaciones conmueven a los que no lo aprecian. Muchos de los cuales, sin embargo, pasan por alto el coscorrón de Vargas Lleras y sus rabias intempestivas —que alguna vez lo llevaron a gritarle a un araucano y decirle gamín porque lo interrumpió para llevarle la contraria— y hasta se las celebran. Otro de temperamento complicado es Petro, azuzador de odios, vanidoso, dogmático, soberbio y autoritario, incapaz de trabajar en equipo, como lo atestiguan las incontables renuncias de sus asesores. No voy a decir que el talante belicoso de un político anule sus virtudes. Pero yo sí preferiría, por el clima erizado que vive Colombia, que la persona que llegue al poder en estos momentos, sea hombre o mujer, sea alguien sereno, sin raptos de ira ni gestos autoritarios, conciliador, como lo requieren los tiempos. Ojalá el hombre liberal que quería Russell cuando afirmó: “Un verdadero liberal se distingue no tanto por lo que defiende sino por el talante con que lo defiende: la tolerancia antidogmática, la búsqueda del consenso, el diálogo como esencia democrática”.

¿Adivinan quién es?

 

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