Por: Columnista invitado

También violentan

Primero que todo, una aclaración: jamás he pagado ni creo pagaré un tiquete para una corrida de toros.

Y, sin embargo, cometeré la osadía de meterme a un redondel donde no me han invitado y de donde a lo mejor saldré lastimado. Hablaré de una práctica —¿será una moda?— que considero casi tan dañina como la misma a la cual tanta tinta le destilan: la antitauromaquia.

Desde hace unos años las redes sociales se han tornado en un interesante muro de lamentaciones. En ellas, gente de aquí y de allí expresa opiniones no necesariamente profundas ni certeras. Y entre las expresiones más cotidianas está el señalamiento constante contra las corridas de toros y contra quienes las apoyan. Chicos, la mayoría, que salen en defensa de indefensos seres cuestionan sin tregua ni piedad que todavía haya quienes disfruten del “arte de ver sufrir un toro”. Sin embargo, al señalar la violencia que genera ese hecho donde, según ellos, un hombre armado y con clara conciencia de su papel, “tortura y mata” lentamente a un animal desconocedor del motivo de su presencia en las arenas, utilizan imágenes, frases e ilustraciones quizá más violentas a los ojos y a la mente de quien está leyendo; atacan una violencia que no comparten, compartiendo una violencia visual sin hacerle ninguna verónica.

Quienes se oponen a la tauromaquia y algunos de sus congéneres, tan defensores de tratos civilizados a los toros, se valen de cualquier artimaña para lograrlo. En las cercanías de las plazas les tiran bolsas con sangre a los vehículos y agreden verbalmente a los aficionados. Pero su principal espacio parecen ser las redes sociales; allí muestran las fotografías más escabrosas de los toros cuando son sacados de las plazas, del animal boqueando y botando sangre por su boca, del torero enterrando su espada en el lomo… y eso les parece tan bárbaro y digno de repudio. Pero no la imagen misma. Igualmente, en su afán por demostrar y contextualizar la barbarie de quienes son partidarios de las corridas, utilizan metáforas y símiles para justificar sus textos: un astado que muere en una lejana hacienda a causa de alguna enfermedad, un caballo cochero en Cartagena que se desmaya ante el peso que arrastra; un perro famélico y llagado que muere al lado de un camino. Estoy en desacuerdo con que aquellos actos ocurran, pero la publicación exagerada de esas imágenes se me hace casi tan violenta como la muerte del toro.

Uno de los asuntos que más cuestionan es que se llame arte a la práctica de la tauromaquia. Les llama poderosamente la atención que se diga que es arte asesinar a un indefenso toro, pero creo que hay cierta miopía, pues el arte está en todo lo que gira en torno a ella: su vestimenta, sus protocolos, su música, sus licores, su literatura…

Atacar la tauromaquia se torna casi una religión que no acepta otras creencias. Su dogma no acepta algo rescatable: la preservación de una raza de astados, los puestos de trabajo, la dinamización de la economía en las ciudades, la destinación a obras sociales y altruistas de las ganancias de estas ferias, entre otras.

Itero, seguramente no vaya a pagar nunca por una boleta para una corrida de toros, y desde mi concepción liberal, estoy de acuerdo con quienes no gustan de las corridas de toros y lo expresan. Sólo traigo a esta plaza abierta una inquietud sobre la violencia que también se genera cuando se ataca ella misma con violencia, así sea simbólica. Espero, no obstante, que por este comentario no me claven banderillas ni me lapiden: yo sí no tengo el lomo tan fuerte como el de los toros.

 

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