Por: Mauricio Botero Caicedo

Tan llamativa como falaz

La paz -sin discusión alguna- es un objetivo deseable: lograría evitar las enormes pérdidas en vidas humanas y rescataría –para invertirlos en educación– gran parte de los recursos que implica el conflicto.

Si hay alguna meta que aglomera a la totalidad de los colombianos es sacar a millones de compatriotas de la pobreza. Sin educación, erradicar la pobreza es una quimera, y dado que el crecimiento económico no es suficiente para cumplir con esta meta, hay que aumentar –con inaplazable urgencia– las inversiones en educación de calidad.

Pero la paz no puede ser a cualquier costo, y a ella se llega con argumentos, no con empujones. En la edición de El Tiempo del 16 de septiembre pasado aparece la siguiente declaración de la exsenadora Piedad Córdoba: “Hay que empujar a Santos en el tema de paz”. ¿Será que la izquierda radical, cuyo talante por antonomasia es totalitario, no está dispuesta a conjugar verbos como ‘convencer’ o ‘persuadir’? En las democracias son los ciudadanos los que escogen libremente el modelo social y económico que prefieren. Precisamente porque ni el presidente Santos ni la inmensa mayoría de los colombianos nos vamos a dejar ‘empujar’ a firmar una paz a ojos cerrados, es importante despejar un mito y una ‘engañosa propuesta’ que la izquierda radical pretende, para facilitar los ‘empujones’, imponernos:

—El mito es el insistir que entre las Farc y el Estado existe un ‘empate estratégico’. Si bien la guerrilla, de manera esporádica y puntual, sigue adelantando acciones terroristas asesinando a civiles, soldados y policías, tan pronto llevan a cabo los atentado se ven obligados a regresar a sus madrigueras. Quienes tuvimos oportunidad de ver el estupendo documental Operación Sodoma (transmitido el domingo 18 de septiembre en el canal Discovery) somos conscientes de que acabar con el narcoterrorismo, en el tiempo es un objetivo realista y alcanzable. Al Mono Jojoy, despiadado asesino como pocos en la historia, lo eliminaron estando enfermo y delirante, muy lejos de las ciudades y centros urbanos que hace una década soñaba con someter. La guerrilla nunca logrará el poder por medio de los fusiles, e insistir en el mito del empate es tan estúpido como afirmar que entre los jaladores de carros y la Policía de Bogotá existe un ‘empate estratégico’, ya que los jaladores siguen robando, para desmantelarlos, diariamente siete carros.

—Hay una ‘engañosa propuesta’ que se disfraza en una alternativa tan llamativa como falaz. En esencia la extrema izquierda hace un llamado a la marginalización de las estructuras de guerra, convirtiendo paulatinamente en ‘Comunidades de Paz’ a los municipios del país. Lo que Iván Cepeda y sus áulicos (con o sin sotana) pretenden con su ‘engañosa propuesta’ es que la población civil, población que ha sido víctima, como lo señala Plinio Apuleyo Mendoza en su columna (El Tiempo, sept. 16/11), “de las acciones terroristas de los grupos en armas, incluyendo desde luego a los paramilitares y ahora a las bacrim”, se margine y permita que los atropellos en contra de su vida, honra y propiedad se adelanten con total impunidad, como si en el conflicto fueran simples observadores.

La peregrina propuesta de Cepeda es el equivalente a que, ante un intento de robo, o un incendio, los moradores del edificio se marginen, como si la policía y los bomberos no estuvieran ahí precisamente para defender sus vidas y su patrimonio. Las Fuerzas Armadas de Colombia, que con un enorme esfuerzo en vidas y lisiados siguen defendiendo a la población del terrorismo de los alzados en armas, merecen bastante más respeto que se les coloque en pie de igualdad con los narcoterroristas, los paramilitares y las bacrim. La propuesta de Cepeda es moralmente repugnante y materialmente inaceptable.

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