En vivo: La justicia transicional a dos años del Acuerdo con las Farc

hace 1 hora
Por: Diego Aristizábal

¡Tan maricas!

Cuando conozco a un homosexual, de alguna forma, me siento identificado con su lucha, con su pasado, con ese presente incierto que todavía no le permite sentirse tan libre como quisiera porque aquí, en este país, tan dado a esa moral que no se inmuta por las masacres ni por la miseria, todavía hay un montón de puñados que se indignan porque el otro es “tan maricón” que no se merece nada.

Esa discriminación me avergüenza, me llena de terror, me irrita porque cómo es posible que todavía pensemos así. Pero así es, y no es que las cosas vayan mejorando.Según un estudio realizado por la Secretaría de Planeación de Bogotá, el 45% de las personas consideran que la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales) es un riego para la comunidad. La principal razón para considerarlos un riesgo es porque van en contra de lo establecido: la moral y las costumbres, la idea de familia, de Dios, etc. (El Espectador, 4 de octubre).

Lo anterior me duele porque yo sueño con un país incluyente, en el que no resulte ni un poquito incómodo descubrir que el otro es homosexual, donde una pareja de lesbianaso transexuales no teman salir a la calle cogidos de la mano, darse besos en los parques donde juegan niños y sacan a pasear a los ancianos. Donde ni siquiera se escuchen chistes mal intencionados. Ojalá tuviéramos más ciudadanos gays, más “irreverentes”, más distintos, más conocedores de sus derechoscomo personas para que este país deje de discutir si eso está bien o está mal y se concentre en lo que en realidad importa: que todos los ciudadanos que habitamos los 32 departamentos nos sintamos bien, se nos respete por igual, se nos den las mismas oportunidades sin importar lo que somos o profesamos. 

Respetar al otro es respetarse profundamente uno mismo porque en la medida que yo no tengo ningún reproche hacia el otro por lo que es, y la libertad que tiene para serlo, yo me legitimo en la diversidad.Si en verdad habláramos con el otro, si lo escucháramos, podríamos contribuir socialmente con la tolerancia, dar nuestros puntos de vista de primera mano, descubrir que aquel que describen como un “monstruo” no es más que otro ser humano, dichosamente distinto. El problema es que muchos se dejan llevar por esa voz, supuestamente legítima, que rechaza y deslegitima la diferencia. Cuando un sacerdote o un procurador, por ejemplo, dicen que esas relaciones no están bien, las pobres mentes, fácilmente manipulables, retroceden históricamente hasta sumirse en el miedo, en el rechazo que no entienden pero obedecen.

“Las soluciones sociales se muestran con más claridad cuando se consideran las desigualdades que acompañan los tres códigos modernos del respeto: hacer algo por sí mismo, cuidar de sí mismo y ayudar a los demás”, dice Richard Sennett en su libro “El respeto”, donde agrega: “Más que una igualdad de comprensión, la autonomía significa aceptar en los otros lo que no podemos entender de ellos. Al hacerlo, tratamos el hecho de su autonomía en igualdad de condiciones con la nuestra. La concesión de autonomía dignifica a los débiles o a los extraños, los desconocidos; hacer esta concesión a los demás fortalece a la vez nuestro carácter”.  

Ojalá esta Semana de la Diversidad Sexual, que empieza hoy en Bogotá, sirva para algo, ya es hora de que superemos la ignorancia, el desconocimiento hacia esta comunidad que ridículamente es acusada de promover la promiscuidad, la prostitución, las enfermedades y demás plagas que parecen sacadas del Antiguo Testamento, como si el resto de seres humanos estuviéramos libres de las consecuencias de tirar la misma piedra. 

desdeelcuarto@gmail.com

@d_aristizabal

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diego Aristizábal

La dicha de aprender

Lo que cambia la lectura

Leer porque sí

Leer enferma

Querido Onetti