Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Tango para dos

Inmediatamente después de que una alta funcionaria del Gobierno de Duque fuera pillada recibiendo órdenes del eternísimo “presidente” Uribe —en términos tan rendidos y obsequiosos que la conversación resulta humillante tanto para ella como para el propio Duque—, algunos de sus alfiles corrieron a ofrecer explicaciones para cubrirle las espaldas. Me llamó particularmente la de María del Rosario Guerra: esto demuestra, dijo, que este Gobierno es amigo, y que escucha a todo el mundo.

Decía esto sin reírse, una proeza no menor. Quiero sugerirles por lo tanto a los líderes campesinos —incluidos los de la minga— que llamen y escriban a la directora para contarle en detalle sus demandas y sus cuitas, y de paso para darle un par de instrucciones. Podrían aprovechar entonces que al fin tenemos un Gobierno amigo. Si guardaran el registro de sus llamadas o de sus mensajes entonces podríamos contabilizar la tasa de éxitos de sus esfuerzos y, por lo tanto, la de cordialidad de este Gobierno amigo. ¿No les parece que vale la pena usar la oportunidad?

Aunque a juzgar por la actitud del presidente en Colombia hay ciudadanos de primera y de segunda, y hay poco riesgo de que estos puedan ser escuchados y atendidos. Por ejemplo, las penas y zozobras del señor Lafaurie tuvieron efecto inmediato, y de un plumazo le devolvieron a su asociación no sólo su posición de poder sino ingentes recursos. Por el contrario, aunque desde hace rato es bastante evidente que en el Cauca se cocina a fuego no tan lento una desazón que tiene cientos de motivos, y a pesar de que el señor Duque besó, abrazó y mimó a los indígenas que se atravesaron en su camino cuando estaba en trance electoral, la respuesta gubernamental a la minga ha sido consistentemente sorda.

Algunos lectores sentirán que esta evaluación es injusta. No lo creo; pienso que más bien se queda corta. Es cierto que Duque envió a la ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, a hablar con los líderes de la minga. Pero básicamente la mandó a decir que no había plata, no a construir alguna clase de diálogo creíble. Y cuando decenas —la televisión dijo que 50— de congresistas del suroccidente fueron a hablar con Duque de la situación, éste simplemente no los recibió. A la hora que escribo estas líneas, aún no lo ha hecho. Este acto de sordera programada es particularmente grotesco y desapacible cuando lo lleva a cabo un mandatario que quiere mostrarse en el escenario internacional como un campeón de la democracia.

También es sorprendente. ¿Qué explicación tendrá? ¿Asimila Duque —cuya corta carrera se hizo en esencia en el parlamento— una reunión con sus excolegas a una asamblea tumultuaria? ¿No cree que tenga nada que aprender de personas elegidas por el pueblo, que conocen su región como la palma de la mano?

La alocución de Duque del jueves por la mañana es todavía peor en muchos aspectos. Miren su contabilidad por partida doble con respecto de la victimización. Se lamenta, con toda la razón, por el miembro del Esmad asesinado por grupos armados. No tiene una sola palabra para decir, en cambio, sobre los indígenas y campesinos asesinados, atacados y golpeados durante la movilización. ¿No son colombianos? ¿Acaso sus vidas no cuentan?

Hay toda una cantidad de gente ahí afuera queriendo hablar con el Estado. También con el partido de Gobierno. Por varias razones: porque necesita tramitar sus demandas, porque considera que el país está “polarizado”, porque quisiera adoptar una actitud constructiva, y así sucesivamente. Cada vez me siento más refractario al discurso de la “polarización”, pues creo que se basa en toda una cantidad de falsas equivalencias. Por otro lado, el esfuerzo de construir alguna clase de conversación razonable en un país que se deshace ante nuestros ojos me parece positivo. Pero para hablar, como para bailar, se necesitan dos.

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2019-03-28T15:24:37-05:00

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2019-03-29T11:03:31-05:00

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