Por: Juan Gabriel Vásquez

Tantos homenajes

Andaba yo releyendo algunas páginas de Álvaro Mutis (el mejor homenaje, creo yo, que puede esperar un escritor para después de su muerte: la atención de sus lectores) cuando me topé con unos versos que llevaba mucho tiempo sin visitar.

 Este “Poema de lástimas a la muerte de Marcel Proust” está lleno de hallazgos maravillosos y de esos ritmos que hicieron de su autor mejor poeta que novelista. “La muerte acecha a los pies de tu cama”, escribe Mutis, “labrando en tu rostro milenario/ la máscara letal de tu agonía”. Se abren las ventanas “donde el otoño golpea como una bestia herida”. Antes de morir, emerge el moribundo para mostrar “la ruina del tiempo y las costumbres/ en la frágil materia de los años”.

Proust murió el 18 de noviembre de 1922. De las 3.000 páginas que En busca del tiempo perdido tiene en mi edición, se habían publicado hasta ese momento unas dos terceras partes: Proust nunca llegó a ver su novela ocupando en toda su extensión su lugar en el mundo. La había terminado pocos meses atrás. A comienzos de la primavera había llamado a Céleste, su sirvienta y asistente de los últimos ocho años, y le contó que acaba de suceder algo importante. “Esta noche he puesto la palabra fin”, le dijo. “Ahora me puedo morir”. Pero no lo decía en serio: se había pasado la vida enfermo, de manera que nada le hubiera permitido suponer que las crisis de esos meses fueran distintas de las precedentes. El año le dio tiempo de quemarse el tubo digestivo con adrenalina, de asistir a una première de Stravinski y de conocer a Joyce, con quien tuvo un diálogo que pasó a la historia por su inanidad. Según William Carlos Williams, Joyce dijo: “Tengo dolores de cabeza todos los días”. Proust replicó: “Mi pobre estómago. ¿Qué voy a hacer?”. Pero Margaret Anderson tiene otra versión. “Lamento no conocer la obra del señor Joyce”, dijo Proust. “Nunca he leído al señor Proust”, dijo Joyce. Se dice que después se subieron juntos a un taxi; Joyce abrió la ventana y una señora que los acompañaba la cerró de nuevo. Conocía a Proust y sabía que una corriente de aire le podía causar daños graves.

Una de esas corrientes acabó matándolo. En octubre, después de una cena con amigos, enfermó de bronquitis; la bronquitis se convirtió en neumonía; en la madrugada del 18 comenzó a delirar, y murió casi enseguida. “Tiendes tus manos al seco vacío del mundo”, escribe Mutis, “rasgas la piel de tu garganta,/ saltan tus dulces ojos de otros días/ y por última vez tu pecho se alza/ en un violento esfuerzo por librarse/ del peso de la losa que te espera”. Mutis, según se sabe, dedicaba unos días todos los años a lo que él llamaba los “festivales Proust”: la relectura azarosa de En busca del tiempo perdido. Y por estos días en que leemos tanto a Mutis, podríamos recordar que hace cien años y dos semanas se publicó el primer tomo de aquella novela que lo contiene todo: los clientes de las librerías parisinas se encontraron con un volumen titulado Du côté de chez Swann, y no podían ni sospechar lo que se les venía encima. Hoy, cuando se celebran tantos aniversarios importantes (cien años de esto, cuarenta de aquello), vuelvo a leer a Mutis y luego a Proust y luego a Mutis otra vez, y vuelvo a agradecerles las horas que me han dado, el tiempo que me siguen dando. 

 

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