Por: Cristina de la Torre

Tartufato a la vista

ÁLVARO URIBE NO MONTARÁ UNA teocracia en Colombia. Tampoco lo logró Bush en Estados Unidos. Pero ambos convirtieron el renacer de la religiosidad en arma política, por la vía del fanatismo y la exclusión.

Uribe, además, transforma su exhibicionismo católico en religión oficial que anuncia la resurrección del Estado confesional; y en metáfora del pensamiento único. Evoca tiempos aciagos del monoteísmo militante que se resuelve en exterminio de herejes, así como las autocracias mesiánicas aplastan al disidente político. Imperio de la fe única, así en religión como en política; del dogma bíblico secularizado, traducido en supresión de toda impureza y diferencia, desde el jacobinismo hasta los totalitarismos de nuestros días.

Una paradoja singulariza lo nuestro: este misticismo se apodera tanto de un gobierno que tolera a delincuentes en su seno, como de un genocida confeso, Mancuso, que ha dado en menear ahora, sin pudor, la imagen de Dios ante sus víctimas. Larga historia le antecede. Sus símbolos más recientes, el de Monseñor Builes pulpiteando la muerte a masones, liberales y libertinos, escoria de la sociedad llamada a desaparecer bajo la espada sagrada del gobierno azul; y el de los sicarios de Pablo Escobar, que se encomendaban a la Virgen para no errar el tiro asesino.

En Colombia esta teodicea permanece latente, ave fénix que resurge de sus cenizas periódicamente. Una vez, gracias a la derrota del liberalismo por la Regeneración y su Concordato con la Santa Sede. Otra, gracias a la conjura contra el intento de modernización liberal de López Pumarejo. Se impusieron entonces el conservadurismo y la jerarquía más reaccionaria de una Iglesia que había desembarcado aquí en el momento más oscuro del oscurantismo inquisitorial de España.

Raíces análogas presentan las sectas que le imprimieron su sello al gobierno de Bush. Si el catolicismo se sembró aquí en el pasado, en Estados Unidos el calvinismo montó una teocracia oligárquica que gestó la industrialización. Perseguidores de brujas y de disidentes tenidos por herejes, intolerantes hasta el paroxismo en moral sexual, marcharon en pos de la riqueza, Biblia en mano, sacrificando boato y placer, como lo enseñara Calvino. Entre puritanos, ascetismo y oro van de la mano. No han cambiado. Al fundamentalismo del islam respondió Bush con una guerra del “Bien” contra el “Mal” en tierras del petróleo que enriqueció a su familia. El reverendo Mike Huckabee, pastor evangélico que casi ganó la candidatura republicana, se enfrentó a un candidato mormón, no por razones política sino religiosas. Cuando lo acusó de hereje, de aprobar el aborto y de haberse casado tres veces, su popularidad se disparó.

En la Biblia; en las guerras de religión y la Inquisición; en la pureza revolucionaria de Robespiérre que reencarna en Hitler y en Stalin y en Mao, yace la legitimación moral de la crueldad. El monoteísmo, fuente religiosa del poder unipersonal, contribuyó a la tragedia de la civilización occidental. Y va incrustado en el corazón mismo de la democracia, que debe luchar por hacer prevalecer el politeísmo y el pluralismo: libertad de cultos y libertad de partidos.

Mucho le ha costado a Colombia ingresar en la modernidad. No bien se afirmaba como Estado laico, le baja del cielo un caudillo que convierte sus políticas en religión y amenaza tornar al Estado confesional. Inaceptable. Tanto más cuando la arrogancia puñetera del poder bruto se disfraza de tul mariano, e imita la comedia del falso pío de Moliére. Se nos viene un tartufato.

                                                      ***

Duele en el alma la muerte de Luis Villar Borda. Duele la orfandad de nuestro pobre país, que así pierde a sus mejores hombres mientras se llena de ilustres insignificancias.

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