Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Taussig, Salcedo, etc.

En su último libro, la bella y la bestia, el antropólogo Michael Taussig cuenta la historia de una “joven enfermera afrocolombiana” que, presionada por uno de sus jefes, se “sometió” a una rinoplastia. La cirugía fue un fracaso y tuvo que ser remediada con otra que la dejó ronroneando como un gato.

A partir del testimonio de una tía, el autor relata cómo, tras las cirugías, la mujer, que ahora sufre de punzantes dolores de cabeza, se recluyó a ronronear en una pieza de la casa materna de donde sale sólo a trabajar y a comprar (compulsivamente) “piedras semipreciosas” y otras baratijas. Concluye Taussig, con párrafos plenos de detalles, que “la mujer gato” (con sus joyas y respiración difícil) encarna el consumo “convulsivo” neoliberal.

Frente a la imagen de la enfermera sola y encerrada los domingos, frente a la descripción bien hecha de sus cirugías dolorosas y su rostro intervenido, sentí conmoción y tristeza. Sin embargo, en la medida en que pasaron los días encontré la situación incómoda. ¿Cómo se llama esta mujer? ¿No debería saber que está protagonizando este capítulo? ¿Saber que su historia circula en Amazon y cuesta sesenta dólares en pasta dura? ¿Que pese a que ella prefirió reservar su testimonio y recluirse en la casa, su experiencia particular es tomada para hacer un argumento general y teorizar sobre “neoliberalismo” en costosas universidades del mundo?

Experimenté una situación similar en la Retrospectiva de Doris Salcedo, presentada por primera vez en Chicago. Una de las salas está ocupada con la historia de otra enfermera “secuestrada y torturada hasta la muerte”. Esta obra, A flor de piel, es una sucesión de pétalos de rosa (antes de marchitar) cosidos a mano con sutura quirúrgica. La palabra tortura, los miles de detalles del trabajo manual y el olor a flores generan conmoción y tristeza. Des-tierra, otra obra, inspirada en entrevistas a “los huérfanos del norte de Colombia”, despierta tristezas similares.

Sin embargo, pronto resentí el des-tierro de los relatos. Es decir, extrañé los nombres propios, las coordenadas precisas espaciales y temporales. Estos se omiten para narrar una vivencia más universal. En palabras de los curadores, Salcedo hace “visible el cuerpo ausente, de los desaparecidos, los marginados y todos los que permanecen invisibles a los ojos de la sociedad”. Al desenclavarlo, cada relato pierde su especificidad y su historia. Por este camino se cierran otros: acá el arte tiene una pretensión algo generalizadora, que supone incluso que es posible comparar experiencias de dolor que son únicas. Y se pierde la oportunidad de hacer preguntas sobre el método de investigación (¿Quién entrevistó a los “niños huérfanos del norte de Colombia”? ¿Cómo? ¿En qué condiciones?).

La retrospectiva nos presenta también una paradoja de difusión. En la entrada de la exposición figuran logos del Ministerio de Cultura, la Cancillería y el Gobierno Nacional. Teniendo en cuenta los espacios en que se exhibirá (Chicago, Nueva York y Miami), puede decirse que es arte público en su financiación, pero no en su exhibición. Finalmente sentí incomodidad frente el propósito pedagógico de la obra. Se repite que existe una falta de empatía que permea la vida pública e impide hacer los duelos y llevar los lutos. Así, la artista tiene el propósito de enseñarnos (o recordarnos) cómo vivir a través del dolor y hacer el duelo. Pero esta empresa no deja de sonar un tanto odiosa o normativa. ¿Hay acaso una sola vía para tramitar el dolor? ¿Para quiénes son estas lecciones?

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