Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Teatro de insignificancias

La estupidez se ha convertido en un escándalo lucrativo. Ahora los medios la persiguen como algunos locos persiguieron la genialidad. Ya ni siquiera es necesario que la tontería sea ejercida por celebridades o poderosos. Cualquiera que haga un buen papelón podrá ser reseñado para su escarnio y su dicha. Todo termina en una especie de masturbación entre el público y el señalado: la audiencia se deleita con el ultraje y el menosprecio al tonto de poner, mientras la figura de la torpeza disfruta del ruido a su alrededor, al fin y al cabo entre los aplausos y las rechiflas no hay grandes diferencias. Y la aguja de los decibeles es la única que certifica la existencia. De modo que un lagarto que cometió una infracción de tránsito, tres charlatanes que juegan con esvásticas como si fueran catapiz, un pastor que busca escandalizar con sus excesos de santidad, un matón que busca meter miedo con sus tatuajes y su hoja de vida, o un funcionario de pueblo con herencias formales españolas pueden ser protagonistas de las noticias durante varios días.

Extraño la sangre de la vieja prensa amarilla, su olfato para trivializar los grandes dramas, su fuerza para desgarrar con el pico. Al menos lograba causar miedo y repugnancia. Una parte de la prensa de hoy, y su triste rezago tras la cola de rata de las redes sociales, termina en tareas contrarias a las de esa vieja prensa sangrante. Ya no se trata de banalizar lo grave, de minimizar lo trágico, sino de agrandar lo banal, de alardear con lo inexistente. Ya no estamos frente a las fotos de Lady Di en el Mercedes destrozado bajo un viaducto en París ni frente a las hazañas pornográficas de Bill Clinton, ni siquiera ante la reja de Villa Certosa donde trabajaba el lúbrico Berlusconi. También los escándalos mojigatos, desde cuando hace 120 años el juicio a Oscar Wilde ocupó páginas enteras en los diarios de Londres, han venido perdiendo importancia y audiencia. Basta una riña entre profesores, una foto filtrada de algún flirteo, una pedantería cualquiera frente a un teléfono celular. En su momento Wilde advertía sobre los riesgos de la prensa jalada de la ternilla por el gran público: “En Inglaterra el periodismo es aún un gran factor, una potencia considerabilísima. La tiranía que trata de ejercer sobre la vida privada de la colectividad se me antoja, realmente, algo extraordinario. El hecho es que el público siente un afán insaciable de saberlo todo, menos aquello que vale la pena saberse. El periodismo, consciente de ello, y con sus costumbres comerciales, atiende y provee a la demanda”.

Ahora el público no solo es quien demanda, sino quien provee la oferta. Las redes sociales, el tráfico digital, los chistes virales, la afrenta contra la tontería anónima, el gozo de la risa colectiva sirven hoy en día como abono para la prensa, la televisión, la radio. De modo que los medios muchas veces se dedican a barrer hasta su recogedor las trivialidades que ha dejado la jornada en redes para armar un pequeño resumen que pueda amplificar ante su público. El mismo que se siente orgulloso de haber entregado algún pequeño fragmento para armar la reseña oficial. Pero no todo pueden ser males de nuestro tiempo cuando a la prensa de hoy le cabe una crítica de Georg Christoph Lichtenberg al menos hace 230 años: “Los periodistas se han construido una capillita de madera a la que también denominan Templo de la Gloria y en la cual se pasan todo el día colgando y descolgando retratos, en medio de un martilleo tan fuerte que no deja oír ni la propia voz”.

 

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