Por: Juan David Ochoa

Teatro de sangre

Diez años después de los inicios de la Guerra de Irak, (tema impronunciable en Norteamérica por simple y física vergüenza), el mundo recuerda el día en que el señor de la guerra George W. Bush, amenazante y frío, lanzaba su ultimátum al régimen del monstruo Sadam en el discurso de marzo de 2003. Tenía un plazo de 48 horas para alejarse del poder o la violenta fuerza de su ejército iría propiamente a derrocarlo.

Las cámaras inmunes al ruido y al polvo filmaban entonces el despegue de los f- 117 que en los altos niveles del vuelo, sordos y estoicos, evitaban la captura virtual de los radares. Los vimos entonces desprender sus bocanadas de fuego entre la noche de Bagdad, iluminándola sobre los techos, lanzando su arsenal de bombas al azar de los cementos (diplomáticos o no), y de las paredes de museos donde estaban intactos los tesoros otomanos y los tablas cuneiformes de Mesopotamia. En ese escombro empezaba el humo a levitar, espeso y real como la más simbólica y exacta de las descripciones. Desde ese día sabíamos que el polvo de la destrucción ocultaría el fondo de los hechos. Luego supimos lo que ahora es innegable en los reductos de la histórica: la inexistencia de las armas poderosas, la falacia en el pretexto de invasión, el argumento falso de la guerra para el gran expolio (la cíclica y obligatoria acción de los imperios para sostenerse).

Quien azuzó desde la sombra las acciones del Señor fue su demente mano derecha y confidente Dick Cheney, el más poderoso de los vicepresidentes en la historia de los Estados Unidos. Así lo catalogan porque nadie, en el amplio historial del arribismo interno, tuvo la plena y abierta libertad en la influencia sobre todos los despachos. Fue quien insistió obsesivamente en una guerra irrevocable, con el apoyo de la ONU o sin él, con el respaldo nacional o con su reticencia. Fue el impulsor de la ley del espionaje doméstico y del mórbido método interrogativo en las prisiones de Guantánamo, el Waterboarding ( tortura en que se vierte agua sobre un paño presionado al rostro para una asfixia mayor), y el fabuloso autor de la mayor de las respuestas cínicas que lanza aún, cuando lo enfrentan los cuestionamientos por su oscuridad, “si quieres gustar a la gente, lo mejor es que te hagas estrella de cine”, lo dice y lo repite ahora, cuando la cúpula de Bush fue distanciada de todos los espacios de poder en el actual gobierno. Lo dice, y recalca su cinismo en una máxima más aberrante y terrible,

“Hice lo que tenía que hacer. Me siento bien y si tuviera que volver a hacerlo todo otra vez, lo haría en un minuto”.

Más de 100.000 mil civiles iraquíes murieron desde el día del despegue a las arenas del petróleo hasta la orden demorada del repliegue. Más de 4000 soldados norteamericanos cayeron en la guerra que imponían sin sustento. Fueron carne de cañón en un teatro de sangre dirigido por el último republicano que, en su rancho mítico de Texas, ahora pinta cuadros de perritos al óleo, imperturbable y feliz, lejos del ruido de su historia y del gemido de sus muertos.

 

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