Por: Rocío Arias Hofman

Temblores

TENGO UNA PESADILLA RECURRENte: todo se está moviendo.

Una amiga que acaba de regresar del Amazonas cuenta que los indígenas le aseguraron que la Tierra está respondiendo a los feroces ataques a los que se ve sometida por la mano depredadora del hombre por medio de esos arrebatos que la naturaleza viene propinando en China, Birmania, Centroamérica y hasta en el mismísimo pueblito de El Calvario en Colombia.

Es esta una interpretación que resulta cuando menos imaginativa para quienes somos incapaces de sentir ese vínculo umbilical con la Pacha Mama. Lo siento, soy urbana hasta el tuétano. Como también soy agnóstica, las explicaciones teológicas, sobre todo aquellas que gustan echar mano de la culpa para mortificar conciencias, no me sirven ni poquito. En todo caso, el pasado 25 de mayo en el país se resquebrajaron paredes y pisos, nos agarramos a las mesas y vimos bailotear las lámparas. El ánimo quiso desbaratarse durante eternos segundos. A una familia entera una piedra la aplastó en la vía al Llano y muchos en esa misma carretera perdieron sus casas. Tembló y punto. ¿Por qué? Creo en la respuesta de los geólogos.

Sin embargo, no puedo eludir la desagradable sensación que me produce intuir que vivimos sobre un temblor permanente ocasionado por elementos ajenos a las miasmas terrestres. De ahí la angustia y el mareo. No se trata sólo de un movimiento telúrico. Es nuestra realidad la que tiembla como una gelatina. Vivimos sobre un montoncito de arena de playa que paramilitares, narcotraficantes, guerrilleros, delincuentes de cuello blanco y políticos infames pretenden desbaratar a palazos.

La socióloga Victoria Camps describe, en su famoso libro Virtudes públicas, qué es el areté, ese concepto griego que alude a la limpieza ética con la que los políticos deben enfrentar su tarea de representar a la sociedad en las instituciones legislativas y la enorme responsabilidad de su compromiso público. “¿Cuál areté? Será arete”, dirán las Yidis Medinas de turno que ponen a temblar de miedo a ministros y embajadores. Y a nosotros, los civiles espectadores y votantes, nos estremecen las grietas que provoca su cinismo en las paredes de esta edificación débil que es la democracia nacional.

Claro, esto se mueve que da gusto… digo susto. Luis Guillermo Giraldo parece un legionario de Cristo cuando describe su abnegada labor de recolección de firmas en busca de la tercera reelección para Uribe. Marcación: 5,7 en la escala de Richter. Y el Presidente ya anunció que a él le parece importante reelegir la seguridad democrática y la confianza inversionista. Ahí sí la aguja de mi sismógrafo se enloquece. Pasó de 6,8. Y Germán Vargas Lleras, tan loado él, comunica olímpico su salida del Senado. La tembladera no se queda en Cambio Radical y en la U. El Congreso entero se parece cada vez más a una resquebrajadura de Doris Salcedo.

El 25 de enero de 1999 llegué a Armenia para cubrir como reportera el terremoto. Como tantos armenios, los periodistas no pegamos ojo porque las réplicas nocturnas eran continuas. El dolor de muchos era inmenso. Un señor derramó lágrimas durante una semana entera con un vestido de novia moteado de barro entre las manos. Hoy miles de padres chinos lloran a sus hijos sepultados bajo los escombros. ¿Nos damos cuenta del devastador efecto de los temblores? A los blancos no les importa, diría un jefe huitoto.

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