Por: Pascual Gaviria

Temblores líricos

DETRÁS DE LOS ARRUMES DE ESCOMbros que dejan los terremotos viene siempre una lluvia de tintas para contar la tragedia.

La aguja de los sismógrafos traza sus picos sobre el rollo blanco y los cronistas siguen el zigzag por las calles intentando un retrato del drama. Las ciudades destruidas y sus habitantes dejan siempre una historia similar. No se puede culpar a los corresponsales de dejar un ripio con palabras repetidas.

Dos crónicas viejas de terremotos se superponen en algunas páginas a las imágenes y las historias que nos han contado luego de los remezones en Chile y Haití. La primera inauguró las publicaciones periódicas en Colombia con un titular escueto: “Aviso del terremoto sucedido en Santafé de Bogotá el día 12 de julio de 1785”. Cuatro entregas dieron noticias sobre los destrozos en las iglesias y los edificios públicos, sobre las carencias materiales y los dolores espirituales, y sobre las medidas del “zeloso gobierno” de turno. Al comienzo del aviso se hace una referencia inevitable a lo que podríamos llamar la memoria telúrica que deja la experiencia del “espantoso terremoto”: “Impresión que sin duda durará mucho tiempo en los corazones piadosos, que se compadecen de las desgracias del próximo, como en los que inmediatamente han sufrido los daños padecidos”.

No faltan las noticias milagrosas en las ruinas de las iglesias: la “muger preñada” que salvó su vida entre los escombros del coro y los hombres piadosos que salieron ilesos “del hueco de un confesionario”. Pero también hay que decir que la virtud católica ayuda, pero no es garantía. Otra mujer que hacía ofrendas a la Virgen de la salud “fue llevada por la divina providencia para ser trasladada al cielo”.

La ciudad desbaratada y hambrienta no encuentra más oficio que caminar acompañando a sus santos. En el centro, bajando del barrio Egipto y del cerro de Guadalupe venían los religiosos cargando “los abogados especiales de los temblores”, acompañados de numeroso pueblo, cantando el rosario y las letanías. Otros, acaso más materialistas, comenzaban la especulación con los ladrillos, las tejas y las maderas traídas de Faca y Sibaté. Mientras un italiano práctico intentaba apuntalar los edificios importantes, los obispos españoles soltaban su “platica exortatoria a la reforma de las costumbres, que es sin duda medio eficaz para contener los amagos de la divina justicia”.

La segunda crónica está a manos de un poeta estremecido en el San Salvador de 1917. Porfirio Barba Jacob estaba en una de sus convalecencias cuando se desató un terremoto acompañado de erupciones volcánicas en la capital centroamericana. “Horror, Horror”, escribe el poeta entre párrafo y párrafo, como una sencilla señal de separación. El ruido hace pensar “en cañones gigantescos o en carros arrastrados por caballos locos sobre la superficie de una ciudad minada por subterráneos próximos a desplomarse…”. Luego tenemos las caminadas de los fantasmas por la ciudad, la sed que hace a los hombres exigir agua al maldito cielo, la procesión descreída en medio de las réplicas, las patrullas para “garantizar el orden contra ladrones y pícaros de todo tipo”. Los pobres celando sus ruinas entre el pantano y los ricos velando las propias sobre el hermoso césped del Campo de Marte. Y el poeta no puede olvidar sus vicios: “Nunca he comprendido, como entonces, la dolorosa analogía que hay entre un diamante y una lágrima”. En la calle todos hablan del Apocalipsis: “¡Que los montes se den unos contra otros! ¡Que el aire se encienda y nos consuma como leves pajas entre sus llamas!”

 

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