Tempestades y virus

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No hay otro mundo al que podamos escapar, así que tendremos que permanecer confinados en este. Podemos soñar con otros, elucubrar o fantasear a través del cine o la literatura, pero al día siguiente, al despertar, siempre volveremos, porque nuestra vida está aquí. En su novela La isla, Aldous Huxley dice lo siguiente: “Nadie necesita ir a ninguna otra parte. Todos estamos ya allí, lo sepamos o no”. Esta frase es inquietante en su misterio, y a lo largo de la vida la he interpretado de diversas formas. Pero nunca como hoy he sentido algo semejante: la idea de que no hay otro sitio posible y este planeta es un lugar precario. No hay refugio ni cielo protector, y los dioses nos abandonaron en medio de la tempestad. ¿Qué nos queda? La solidaridad entre iguales, la mano tendida. Un humanismo basado en el desamparo.

Cada región del planeta echa mano de su cultura y del sistema metafórico que la rige para entender esto que nos pasa. Los anglosajones, con su ética protestante y su espíritu del capitalismo en el que producir riqueza es moralmente bueno, no pueden concebir un mal mayor que el cierre o el desaceleramiento de su aparato productivo. Para ellos, no producir riqueza es moralmente reprobable, mucho más que la desatención social y, por supuesto, el sacrificio y en ocasiones la vida. Esa tradición aún mantiene en vilo a naciones como Estados Unidos o Reino Unido, cuyos líderes, a pesar de hacer concesiones escalonadas, siguen considerando que la pandemia es un mal menor en comparación con el freno de su industria. Detrás está la religión protestante, que propugna un darwinismo económico: la supervivencia no ya del más fuerte, sino del más rico. De ahí la dificultad de hacer prevalecer la sanidad, y por eso este virus, que no ha leído a Max Weber ni sabe de la Revolución Industrial, los está poniendo a prueba.

En el mundo católico y contrarreformista, es decir en el nuestro, heredado de España, predominan otras metáforas. En primer lugar, la culpa. Nuestra cultura, antes que nada, se pregunta quién fue y, en segundo lugar, qué motivos hubo, para luego condenar o perdonar. Las motivaciones se buscan para establecer la jerarquía del castigo y la dimensión de la culpa, pues cada hecho de la vida debe ser clasificado en la insoslayable dicotomía entre el bien y el mal, lo bueno y lo condenable. ¡En eso somos especialistas! Por eso es una cultura del castigo, obcecada en las confesiones y, por supuesto, la absolución. El perdón. Porque Dios perdona, eso lo sabemos, pero primero hay que autoinculparse en la confesión, hacer lo que los comunistas llamaban una “autocrítica”. De hecho, el lenguaje de uso del coronavirus en nuestro medio sugiere un cierto grado de culpa en la propia víctima. La durísima palabra “infectado” (en lugar de “contagiado”) contiene una implícita condena o castigo a quien porta el virus. Hay otras formas de vivir, claro. En la India no existe el bien y el mal, simplemente la vida. Nada es bueno ni es malo. Todo existe. O las culturas animistas de África o del sur de Colombia, en las que los dioses conviven con los hombres y padecen, a veces, los mismos males. Pero será la ciencia, la misma que hizo obsoleta la idea de un dios creador, la que podrá salvar al mundo.

 

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