Por: Esteban Carlos Mejía

Temporada de estatuas

¿Qué hacer con las estatuas? ¿Venerarlas? ¿Mutilarlas? ¿Sodomizarlas acaso? Juan Manuel Roca las ha poetizado. Su libro Temporada de estatuas (Colección Palabra de Honor, Visor Poesía, Madrid, 2010) es una exuberante y, a la vez, contenida germinación de belleza. Roca ha alcanzado la plenitud de su creación. Sin aristas inoficiosas, con finísima precisión, sin amarguras, con libertaria ternura, Roca ha conseguido lo que anhelan los poetas: la iluminación.

Son 51 poemas, en dos partes, 39 en Temporada de estatuas y 12 en Paisaje natal. Van de lo jocoso a lo grave, siempre con sapiencia. Así en Repertorio de sombras: “Todos sabemos / Que hay una ciudad escondida en la ciudad, / En las voces anónimas que cruzan la calle, / En los campos de fútbol de barriada, / En un hipódromo / Abandonado al abuso de la hierba. / Por las dos ciudades / Corre el persistente rumor / De que hay vida en otra parte”. Y también en El baile de las estatuas: “Llueve agua de luto / Sobre la estatuaria de los poetas del mundo, / En sus ojos de pez muerto / Pinchados en la rueca del sueño”.

Es un remolino de imágenes de agobiante intuición. Como en El arte de mutilar estatuas: “A veces creo que si apagáramos al hombre / Su ambición de centauro, / Si desmontáramos tantos falsos jinetes / De las estatuas ecuestres / Y sólo quedaran en los parques / Caballos de bronce tras las rejas de la lluvia, / Podríamos cambiar la pompa de los museos / Por la humildad de los establos”. O, con otro sentido, en Poema de gracias a monsieur Larousse: “Señor Larousse, / Usted me enseñó a entrar a la palabra sombra y alumbrarla”. Palabras que nombran cosas o seres que a duras penas hemos tenido en nuestras manos (rueca, trigal, mantis religiosa, Nazaria, cangrejera) pero que evocadas por Roca se avivan en la imaginación.

Los últimos poemas son un viaje “por los países de Colombia”, como dijo Aurelio Arturo, desde La Guajira y el Valle de Upar hasta el páramo de Sumapaz o Ciénaga de Oro. En Zipaquirá está la Catedral de sal: “Te recorro, oculta catedral, gran bodega de rezos y flagelos, / Noche escondida bajo la capa vegetal, / Taller de lunas donde esculpen la nave de Dios, / Reloj de sal escamoteado en un descuido del mar”. El barrio de la infancia pervive en Un paisaje escondido: “Aún no sabíamos que nuestra extrañeza / Venía de que todo niño es extranjero, / Alguien que vive en una eterna periferia”. A sabiendas de que repasamos el Mapa de un país fantasma: “Yo ignoraba que ir de viaje en mi país, / Que soltar pie por los rincones de Colombia / Es entrar en un mapa cuyos predios / Siempre son ajenos”.

Cuando el libro es bueno, buenísimo, uno quiere citar todos los poemas, todísimos. Es la magia de la Poética: “No hay coyote ni chacal, no hay hiena ni jaguar / No hay puma ni lobo que no huyan / Cuando el fuego conversa con el aire”. Por eso, ¡larga y feliz vida a Juan Manuel Roca!

 

Rabito de paja: “El grado de cultura y el grado de riqueza de un pueblo son los que determinan el grado en que ese pueblo participa efectivamente en el ejercicio del poder”: Darío Echandía, marzo de 1937.

Rabillo de paja: Y vuelve La siempreviva, de Miguel Torres, con el Teatro El Local, lunes 7 de noviembre.

 

 

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