Por: Lorenzo Madrigal

Tengo una perrita

QUERÍA CONTARLES QUE TENGO una perrita con la que juego a la pelota en el patio de mi casa, que da para un tiro de piedra. Con ella y con otros canes de menor alzada, ocupo mi puesto, que es el de chutar; ellos se disponen a recoger la bola, cuidando todos del poco jardín que dejó el invierno.

Me llama la atención que cuando doy el toque de salida, Cristiana Ronalda (se le dice Cris ) se lanza con su gran cuerpo, atrapa y me trae la bola para un nuevo saque de honor. Los otros perritos, cuando consiguen dominar, sobre todo uno, que se siente el dueño del balón, lo retira del campo, se lo lleva y se lo queda. Por eso me parece que la perra debería llamarse más bien Cristiana Demócrata, toda vez que entiende que se trata de un juego en el que todos deben participar.

Yo me canso pronto y me da miedo que Cris me vuelva a dar un golpe, como el que me tiene cojeando hace días. Al ir caminando por la cancha (es mucho decir ), pienso que respetar las reglas de juego es la esencia de una República y de un Estado de Derecho. Sin ir más lejos.

Porque eso de llegar al mando supremo, conseguido por una coyuntura sin partido (asunto legítimo), y una vez en lo alto reformar las reglas con que ha sido elegido, y todo en beneficio propio, es autocracia (me gusta más el término que monocracia, que usa el Nuevo Siglo) y autocracia auténtica, sin pudor alguno. La misma de Napoleón, la misma de Mussolini, la misma de Hitler (la misma de Chávez).

Democracia no es tener respaldo popular o no es solamente eso. Como bien lo trae José Fernando Isaza, en este mismo diario. La voluntad popular debe sujetarse a unas determinadas reglas, elaboradas para un ejercicio de cierto rigor y cierta pausa. Y, si se trata de un reformador, elaboradas para un futuro, después de él.

Las masas aullantes, las asonadas frente a embajadas, los estadios frenéticos, el rumor de voces acompasadas o en desorden, todo ello impacta y puede llegar a ser hermoso. No hay sonido más bello que el de la voz humana, pero vaya uno a saber si la escasa sindéresis de las multitudes fue ocasión para que un dirigente, al que no le importaba ser incomprendido, como acabó siéndolo, hablara del “inepto vulgo”. Término que no hago mío y que me asusta repetir.

No hay juego democrático, cuando las reglas las inventa alguien que se coloca en ventaja sobre los demás. Adecuar las normas para someterse a su propia reglamentación ha sido costumbre de dictadores, así se presten a ello juristas eminentes, escogidos a mano. ¿Quién los llamó, quién los citó, sino el autócrata, que ya no disimula su intención de perpetuarse en el mando, contra toda una historia republicana?

 

 

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