Por: Alvaro Forero Tascón

Tenía razón Gaviria

CUANDO CÉSAR GAVIRIA APOYÓ LA candidatura de Juan Manuel Santos, Álvaro Uribe reaccionó ferozmente en su contra, acusándolo de "oportunista" por pretender montarse al tren uribista.

Los hechos están mostrando que no tenía razón Uribe sino Gaviria, que estaba apostando a que Santos se apearía del tren para retomar los postulados liberales y devolver al país por el camino del respeto al espíritu de la Constitución del 91.

Decía Gaviria en su carta anterior al 20 de junio: "Confío en que él (Santos) va a rectificar algunas de las políticas del presidente Uribe que son tan necesarias para nuestro partido. Confío en que el Gobierno de Unidad Nacional no sólo significará el fin de la polarización, sino que el nuevo presidente, si así lo disponen los colombianos el domingo, recogerá algunas de nuestras banderas de estricto respeto por los Derechos Humanos, de respeto al poder judicial, descentralización, de uso de la inteligencia del Estado sólo para perseguir a los criminales, de una estructura tributaria más justa, de una mejor distribución de la tierra, de respeto por los derechos de las víctimas, de las reformas y rectificaciones que el país necesita. Y, desde luego, de plena vigencia de la Constitución y el Estado Social de Derecho. Ojalá ponga fin a la cultura del atajo y del todo vale. Y regresemos a una forma de gobierno que fortalezca el Estado y las instituciones".

Unas de las principales iniciativas del gobierno Santos coinciden con lo señalado por Gaviria, que son las mismas que guiaron la oposición del liberalismo a Uribe, y otras están dirigidas a corregir problemas heredados del uribismo en materia de política exterior, de desempleo, de justicia. Iniciativas que están generándole una altísima popularidad al Presidente y una muy buena acogida al Gobierno en casi todos los sectores. Al punto que hoy, lo oportunista sería reclamar esa favorabilidad para el uribismo.

Prueba de lo anterior es que mientras el Partido Liberal se ve como el principal puntal de la Unidad Nacional, no sólo por sus aportes progresistas a la agenda legislativa, sino porque sin él se trataría de la misma coalición de gobierno de Uribe, el Partido de la U está mostrándose incómodo. Sólo así se explica el mensaje amenazante que Juan Lozano tuvo la ingrata labor de transmitirles al Ministro del Interior y al liberalismo, como si siguiéramos en los tiempos de la polarización, y que al final es al Gobierno a quien hace daño.

Estos hechos empiezan a justificar la reflexión que planteé hace unas semanas en esta columna, en el sentido de que el uribismo sería un paréntesis histórico que mediante el agrandamiento del poder presidencial y militar interrumpió temporalmente la era de la Constitución del 91, para aplicar el modelo latinoamericano de caudillismo militarista caracterizado por feroz anticomunismo, desbordado neoliberalismo y obsesivo pro norteamericanismo. En esa perspectiva el modelo Uribe no sería duradero, no sólo porque los resultados negativos en materia institucional y de equidad social obligaron a rectificarlo a fondo, sino porque era anacrónico en un mundo sin alineamiento.

Nota: después de cambiar siete mil millones de dólares en comercio por siete "bases" militares, resulta que eran innecesarias.

 

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