Por: Ignacio Zuleta

La tercera edad exige monedas unificadas y en braille

Mi amiga Soco, cegatona que por vanidad no usa los anteojos, se queja de la confusión que nos causan tantas variedades de monedas de la misma denominación y tan distinto tamaño, color y consistencia. Hay monedas de 200 que parecen de 100, a veces las de 100 parecen de 50, y las de 50 parecen de 100 y, lo peor, las de 200 parecen a veces de 200; y tener que ponerse las gafas para que se las arranquen a uno por la calle... y verse más anciana... así que me ha “pedido” que escriba esta columna para facilitarle las cosas a la gente de edad que está en el lío.

Aproveché la orden —Soco es mandona, y no sugiere a medias— para darme una vuelta por el apasionante universo numismático, y creo haberle hallado varias soluciones. Pero antes de continuar nuestra aventura de buen cuño, tratemos el caso excepcional de la nueva moneda de mil pesos. Esta pieza dorada circula a duras penas porque es la preferida de los chanchos, esas vasijas árabes para los tesoros llamadas alkanziyyas. La moneda de mil ha sido la culpable de que las cosas suban de precio, pues como el Banco está recogiendo los billetes de mil pesos y lanzando a Jorge Eliécer a la pira, ya nadie tiene vueltos de dos mil sino en esas moneditas polimorfas, confusas y pesadas. Lástima, porque la moneda tiene esas gráfilas externas de puntos casi eróticos y definidos en el ensamble núcleo-corona que permite identificarla al tacto y sus microtextos circunscritos son el ideal ambientalista del país pues rezan: «cuidar el agua», por un lado, y en el anverso el vocablo agua “en alto relieve, repetida (sic) siete veces en forma consecutiva e invertida cada una respecto a la anterior y como un separador de los vocablos un punto en alto relieve”, como reza la apasionante explicación de la Casa de la Moneda. Y su valía no para ahí, pues en ella aparece la tortuga caguama —la Caretta caretta— en el microtexto ubicado, claro está, en la zona inferior de la corona.

Y bueno, una de las soluciones para Soco sería aprender a reconocer los nuevos próceres que han reemplazado a los obsoletos guerreristas santanderes y bolívares que nos llevaban confundidos. Si supiera tantear mejor al oso de anteojos, la guacamaya bandera y la rana cristal, estaría hecha. Y bromas aparte, podrían tener para los verdaderos invidentes la denominación en braille, como algunos de los billetes nacionales. Le comenté la idea, y Soco, que es de avanzada, y, como el oso, usa los anteojos para la tableta, está de acuerdo con la teoría de eliminar a los próceres de estirpe militar de las monedas, y de una vez cambiar el himno y el escudo, pues son pésimo ejemplo para las nuevas generaciones de la paz —además, por favor, se evitarían las confusiones numismáticas— y piensa que la petición debe hacerse por Avaaz, o por Change.org, y como último recurso mandarle a Juampa un mensaje con doña Mercedes.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ignacio Zuleta

Tu agüita medicada, tu agüita envenenada

Cuando grita el silencio…

Mejor sudor de madre que leche de madrastra