Tercermundistas

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Mi bisabuelo le contó a mi abuelo que pronto, muy pronto, Bogotá quedaría muchísimo más cerca del Gran Caldas (hoy Eje Cafetero) y, por ende, de muchos otros lugares estratégicos como Cali y Buenaventura.

Mi abuelo le dijo lo mismo a mi papá y él, a su vez, en lo que ya era una herencia familiar, cumplió con el legado de repetírmelo una y otra vez cuando, bastante aburridos y hasta mareados, asumíamos el reto de transitar por La Línea entre trancones, camiones y neblina. La misma dosis les apliqué a mis hijos, aunque siempre les dije que la obra ya estaba en construcción y que se terminaría, como suele ocurrir en Colombia, a más tardar el día previsto para su entrega (2013).

Ahora debo decirles a mis hijos, para que se lo cuenten a su futura descendencia, que aquí todos hemos mentido y por más de 100 años. En realidad, esto no ha terminado: ni la obra ni la mentira.

La verdad es que el tal túnel de La Línea es medio carreta y media carretera. Embuste estatal, así este Gobierno, que poco ha hecho en infraestructura salvo inaugurar obras de otros, diga que es una panacea de la ingeniería, motivo de orgullo del sistema de planeación y éxtasis de la contratación de obras públicas.

El túnel de La Línea es una vergüenza por donde se le mire. Lo primero es que esa obra, prioritaria para el desarrollo, se demoró 100 años en empezar a ejecutarse y eso demuestra que en este país muchas de las obras públicas prioritarias —como la del metro de Bogotá— se piensan tanto que no se hacen o se demoran una eternidad, que no es lo mismo, pero sí muy grave.

La obra se contrató hace varios años bajo el ministerio del ya fallecido Andrés Uriel Gallego. Más que ministro, era un gran profesor de geografía y hasta culebrero visionario que iba de consejo comunitario en consejo comunitario siendo telonero de Uribe y prometiendo imaginarias carreteras que nunca construyó, pero que todo el mundo aplaudió rabiosamente por cuenta de un gobierno tan “carretudo” como popular, que tiene entre sus pocos “trofeos” este túnel de La Línea y la Ruta del Sol 2, ambos plagados de enormes dificultades, por decir lo menos.

El túnel de La Línea es una obra pésimamente diseñada, mal contratada y tardíamente ejecutada, a tal punto que fue inaugurada con ocho años de retraso. Y sin terminar.

También es importante decir que el túnel inaugurado lo hicieron prácticamente en la cúspide de la montaña y no en la base, como siempre se soñó y se pensó por generaciones, desde la de mi bisabuelo, lo que explica por qué, a pesar del túnel, los colombianos prácticamente tenemos que seguir subiendo y bajando casi toda la montaña. Será entonces una ruta de gran expectativa: subir, subir y subir hasta llegar al túnel.

Ahora hablemos de plata. El túnel de La Línea terminó costando siete veces el valor inicial, teniendo todo tipo de complicaciones, desde los sobrecostos, siguiendo con la terminación del contrato al contratista original, hasta su inauguración inconclusa, una costumbre muy colombiana que les permite a todos poner una placa en su honor, incluso a quienes poco o nada tuvieron que ver con la obra.

Por último, mis hijos y sus hijos, mis nietos y sus nietos, y quién sabe cuántas generaciones más seguirán subiendo hasta los 3.265 metros sobre el nivel del mar para atravesar ese mítico punto llamado La Línea sobre la cordillera Central, entre mareos, trancones y neblina, por cuenta de que la tan cacareada obra solo es túnel de Calarcá a Cajamarca, pero no lo es de Cajamarca a Calarcá.

Así somos: tercermundistas.

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