Por: Héctor Abad Faciolince

Terremotos y huracanes

El problema de la existencia del mal en el mundo es tan complejo como antiguo. Desde el muy pío libro de Job, en la Biblia, y desde antes, siempre ha sido un misterio que haya tantas enfermedades, accidentes, epidemias, cataclismos y catástrofes en la tierra que habitamos. Que las desgracias se ensañen con personas malas o éticamente despreciables puede interpretarse como justicia divina; pero que todos los males caigan también sobre personas que son un ejemplo de bondad y buen comportamiento, produce una especie de estupor cósmico. ¿De qué sirve ser bueno si la naturaleza, o Dios, no discriminan entre buenos y malos? ¿Y qué importa ser malo si a veces los malos son quienes corren con mejor suerte?

Para las religiones dualistas o politeístas es más fácil explicar el problema del mal: hay luchas entre dioses buenos y malos, hay simpatías y antipatías entre deidades que luchan entre ellas para favorecer a un pueblo en vez de otro. Si dos ejércitos que se enfrentan les piden a los dioses la victoria, cada uno por su lado, puede pensarse que uno de los dioses es más poderoso que el otro, o también, si le ruegan al mismo dios, que uno de los ejércitos oró más fervorosamente, o algo así.

Si hay un único Dios y este es todopoderoso, infinitamente bueno, y además ama a los hombres, ¿por qué hay tanto sufrimiento en la tierra? ¿Cómo compaginar las bondades de la creación y de la Providencia con la muerte de tantos inocentes? La alegría de quienes ganan en una batalla se basa en la muerte (es decir, en la desgracia) de sus oponentes. Y si Dios es Dios para todos, ¿cómo la alegría de unos es la tragedia de los otros? Según la respuesta que demos a estas preguntas tendremos una visión del mundo optimista, pesimista o trágica.

El reciente terremoto de México, y el huracán en las Antillas y Florida, pueden servir como ejemplo de nuestra concepción. Si uno considera que la naturaleza no es buena ni mala, sino indiferente (que a la naturaleza la tiene sin cuidado el bienestar de los hombres), le convendrá concentrarse más en el terremoto: los terremotos no tienen ningún origen humano conocido. No son culpa de la tala de árboles, ni de las emisiones de CO2, ni de la extinción de los mamuts, ni de los pecados de gula o de lujuria de los hombres. Si mucho, un roussoniano podría decir que los terremotos dejan muchas víctimas porque los seres humanos, en vez de vivir en estado de naturaleza, construyen casas y ciudades que les caen encima y los matan durante los temblores, los cuales, en cambio, no les harían nada si vivieran a la intemperie, en el puro respeto de lo natural.

Si en cambio uno se concentra en los huracanes, o en su furia creciente, ahí sí sería más fácil echarles la culpa a los seres humanos, al calentamiento global que hace que algunos fenómenos naturales se vayan exacerbando: peores sequías, peores tormentas, huracanes de un tamaño y potencia nunca antes registrados. Y sus efectos más o menos graves también tendrían que ver con la capacidad de prevenir de las personas, con la eficacia social de los gobiernos, etc.

A nuestra mente curiosa le gusta tratar de saber no solo cuál es la causa de las cosas, sino también si esas causas tienen o no un culpable humano, un acto voluntario que ha desencadenado el mal. Si el mundo está bien, si la naturaleza es perfecta y Dios es sabio y bueno, la culpa es siempre de los hombres. Si a la naturaleza la tienen sin cuidado los seres humanos, si no tiene fines ni propósitos, y si Dios o no existe o no le importamos, entonces nada es culpa nuestra, sino de la ciega casualidad.

Lo paradójico es que quienes creen en la bondad de Dios o de la naturaleza, predican una especie de quietismo: abstenerse de actuar, de intervenir. Y en cambio quienes creen que la naturaleza no es ni buena ni mala, sino indiferente, son activos, y tratan de luchar contra las desgracias que se consideran naturales. Pero quizá al actuar contra lo “natural” desencadenan otros males incalculables.

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