¿Por qué se conmemora la Semana del Detenido Desaparecido?

hace 2 horas
Por: Jaime Arocha

Territorios atenazados

Hoy en el Afropacífico sucede algo impensable hace 20 años: proliferan las ventas ambulantes de tierra de hormiguero.

Las mujeres la usan para rellenar las canoas viejas que montan sobre pilotes en los patios de sus casas. En el sur las llaman “potros” y en el norte, “zoteas”. Sirven para cultivar aliños, plantas medicinales y las palmas para las ceremonias de ombligada que hermanan a sus descendientes con sus territorios ancestrales. Esos espacios dependen de profundas sabidurías botánicas, amenazadas por la expansión de la coca y otros monocultivos sedientos de venenos para acabar con las hormigas.

Hasta 1995, cuando proliferaba el policultivo, esos insectos eran aliados que podaban árboles y al lado de sus túneles subterráneos, dejaban las bolitas de suelo ricas en nutrientes que las señoras recolectaban recorriendo los rastrojos. Para lograr que el Estado reconociera los linderos de los territorios colectivos, mediante la cartografía social, los consejos comunitarios registraban los recorridos que, con sus niños y niñas, ellas hacían para mantener una agricultura de probada fertilidad. Sobreponían esos mapas con los de los movimientos de cazadores, pescadores y criadores de cerdos, así como los de parteras y médicos raiceros que exploraban los montes alzaos en busca de matas con propiedades curativas o mágico-religiosas. Las comunidades dependían de los osos hormigueros para que los insectos no los flagelaran. De ahí que por la multiplicidad de voces confluyentes —vegetales, animales, humanas y ancestrales— esos sistemas fueran polifonías ambientales y no simples medios de producción económica.

El riesgo que tiene ese holismo hace parte de la angustia que Zulia Mena expresaba en la entrevista que concedió antes de dejar su cargo como alcaldesa de Quibdó (http://bit.ly/1n6UjQz): “entresacamos, no arrasamos [ni] dejamos el desierto”, ratificando la urgencia de salvaguardar los territorios ancestrales: “Conformamos el Conpa, Consejo de paz afrocolombiano, para [hacer] escuchar nuestras propuestas para que los acuerdos de paz no se conviertan en un atropello para las comunidades… La propuesta de la guerrilla [consiste en diez territorios de paz] donde ellos han tenido presencia, [como en] el Pacífico… y allá no hay tierra desocupada. Con la ley 70, los pueblos afro somos propietarios de 5 millones de hectáreas, los indígenas de otro tanto. Toca conocer cuáles son los alcances de los acuerdos para que no haya atropello a los derechos reconocidos...”

No obstante hay voces autorizadas dentro del proceso de paz que ignoran semejante ansiedad, conforme puede apreciarse en “Transición de la legalidad para la paz” (http://bit.ly/1KkKhRb). La gravedad de que ese escrito no haga referencia alguna a los territorios colectivos afrocolombianos depende de que hasta la fecha no sea claro si en La Habana escucharán a los representantes del Conpa y de la Asamblea Nacional Afrocolombiana. Si esto no sucede, de un lado, los terrepaz atenazarán los territorios colectivos de comunidades negras. Del otro, estarán las Zidres cuya implementación acaba de aprobar el Congreso de la República. Una esperanza consiste en las peticiones que circulan desde el ámbito internacional suscritas por políticos demócratas, académicos, activistas de derechos humanos y estudiantes universitarios (http://bit.ly/1P0qeN9).

*Grupo de Estudios AfrocolombianosUniversidad Nacional de Colombia

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