Por: Hugo Chaparro Valderrama

Terror anfibio

Película "ecoilógica" con monstruo a bordo, el tercer largometraje del director coreano Joon-ho Bong, The Host (El huésped, 2006), es un alegato, en términos fantásticos, sobre el sueño de la ciencia cuando inventa pesadillas, crea mutaciones y desordena el equilibrio de la naturaleza.

También una comedia donde la única frontera es el delirio, útil para burlarse de una realidad que multiplica los desastres alrededor del planeta. Hija de aventuras convincentes en el reino de lo inverosímil como La bestia de 1.000.000 de ojos (Kramarsky, 1955), La criatura de la laguna negra (Arnold, 1954) o la serie inagotable de catástrofes protagonizada por Godzilla, The Host reinventa el género, permitiéndose el humor como terapia y vía de escape al miedo, al suspenso y al asco en estado puro. Es entonces cuando la risa libera la tensión y realza el efecto de un nuevo trance de pánico; cuando nos preguntamos si la amenaza del anfibio triunfará sobre los héroes que intentan liquidarlo.

Romántico y en contra del poder establecido que manipula sin permitir ninguna tregua a los ciudadanos que doblega, Joon-ho Bong tiene la mentalidad del líder de la tribu, capaz de celebrar actos de feliz anarquismo en contra de la autoridad –es decir, en contra de los médicos que intentan anular la voluntad de los pacientes, del ejército y de su brutalidad hecha profesión, de un personaje que en The Host es la caricatura malvada de la ciencia cuando enseña sus “puntos de bizca” frente al mundo con un notable estrabismo–. Nos recuerda que las leyes, cuando sirven a los intereses privados de la casta en el trono, deben ser violadas si la burocracia estatal impide el bienestar de la comunidad.

La criatura proveniente de lo imposible, sus ruidos babosos y el terror que brota de sus fauces, no serían nada más que una prolongación de lo ya visto si Joon-ho Bong no mostrara algo distinto a la pirotecnia de los efectos especiales. Tanto como Alien (Scott, 1979) y su relato acerca de la maternidad y la forma como las crías deben ser salvadas por sus madres para asegurar la permanencia de la vida, The Host es una película acerca de la protección de la especie. La adversidad que significa un engendro colosal, repulsivo por su presencia y por su diseño magnificados hasta lo inconcebible, debe ser vencida por aquellos que lo atacan con las armas, literalmente, al alcance de sus manos –bombas molotov, flechas o varillas.

Una reacción primitiva en un mundo hipertecnológico, que demuestra cómo sigue acompañándonos el hombre de las cavernas y su instinto de conservación. Mientras que en la serie de Godzilla los ataques son de dimensiones bélicas, en The Host se invierten los términos y la familia que busca rescatar a la hija, secuestrada por el monstruo, es tan rudimentaria pero tan decidida como acaso pudo ser un cavernícola enfrentado a un dinosaurio.

Con el tono de un cómic inspirado en terrores ingobernables, Joon-ho Bong sube un peldaño en el género de monstruos fusionando atmósferas emocionales que se encuentran como peces en el agua turbulenta de la trama. A la tradición del sálvese quien pueda cuando el monstruo acecha y persigue a sus enemigos, se agrega el carácter risible de una historia picaresca y familiar, donde no hay armonía posible, concluyendo la aventura con un gesto de nobleza que reúne a los parientes en conflicto.

No se trata de una película realizada en contra del público, para sobresaltarlo con la mayor brusquedad posible. A pesar del engendro que amenaza al reparto y al espectador que pierde eventualmente la serenidad, el director es solidario y no explota su paciencia, llevándola hasta el límite de la tolerancia. Permitiéndole reírse de la angustia que descubre en la pantalla, le ayuda a descubrir sus temores inconscientes, de la misma forma en que Jack Arnold logró que en La criatura de la laguna negra, la posible seducción que intenta el monstruo de una mujer que acompaña a los científicos, despertara el racismo, los celos viriles y la condena de la criatura a la muerte por la intromisión de su fealdad en el reino de la belleza –o de su apariencia.

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